La contaminación sonora se adueñó de las áreas urbanas como signo del desarrollo y de la dinámica de una urbe, y en muchos lugares del mundo se asoció al ruido con la idiosincrasia de una sociedad viva, propia de una actividad pujante en trabajo y esparcimiento con perfil cultural propio. Sin embargo, como en todos los excesos, el sonido cuando supera determinados decibeles se transforma en una amenaza para la salud de los habitantes y altera la convivencia con los riesgos sociales que implica.

Lo cierto es que los ruidos urbanos molestan cada vez más, y nuestra ciudad como también los departamentos del Gran San Juan, no están exentos de este fenómeno que crece sin la contrapartida de un ordenamiento y con las sanciones previstas por las normas generales y municipales. Ya no son los sonidos tolerables del trajín diario del tránsito y de las actividades laborales en las zonas céntricas sino es el ruido que altera y condiciona el descanso nocturno, o que lleva a aumentar el riesgo de hipertensión arterial y de enfermedades cardiovasculares.

Alarmas de viviendas y movilidades que se disparan como señal de alerta, o accidentalmente, las sirenas de vehículos de emergencia, los escapes libres y la música de locales nocturnos y de fiestas familiares, superan lo permitido en intensidad de ruido y horario para funcionar. También los altoparlantes han vuelto a invadir las calles en estos tiempos electorales, para citar algunos excesos comunes además de bombos de manifestantes.

El problema crece en la vecindad de algún local transgresor, con los festejos callejeros desmedidos y hasta con ladridos de perros que no dejan conciliar el sueño, llegando muchas veces a las agresiones. El caso de un automóvil destruido por los vecinos en Buenos Aires, porque la alarma sonó durante 36 horas sin que apareciera el propietario y ni la policía o las autoridades actuaran, no puede calificarse de hecho aislado sino de un precedente peligroso que puede darse entre nosotros. El problema está asociado a la calidad de vida, ya que una constante exposición al ruido afecta la salud física y psíquica de las personas, como lo han establecido los estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), con los niveles soportables y los desaconsejados.

La gestión del ruido urbano debe ser una prioridad política para los organismos provinciales y municipales, obligados a establecer una zonificación de los lugares donde se deben hacer cumplir las limitaciones o restricciones sonoras, de acuerdo con el ordenamiento específico.