Con mucho por jugar desde lo emotivo más que desde lo estadístico. Con ese plus que hacen los clásicos partidos que no se pueden perder y teniendo la chance a mano de amargarle la historia a Godoy Cruz, hubo fiesta en Concepción. Desde temprano y hasta tarde, porque el movimiento arrancó por la mañana en el Pueblo Viejo con el sol presente, casi como invitando a ir al estadio. A llenarlo… Y lo llenaron. Porque hacía rato que la postal de gente parada hasta en los pasillos buscando cualquier rinconcito para ver el clásico se extrañaba. La Popular Norte explotó y desde ese sector se puso en peligro incluso el comienzo y la disputa del partido por los petardos que le tiraron al arquero Rey en el inicio. La pregunta es qué pasó con la requisa de ingreso o con la minuciosa inspección que desde 48 horas antes tenía la Policía en el predio buscando ese tipo de elementos. Algo falló pero no alcanzó para opacar cómo gozó el pueblo verdinegro. A los 12’ de ese primer tiempo, las gargantas se enrojecieron gritando el primer gol de San Martín. De una avivada de Gelabert para que un tal Matías Escudero hiciera su primer gol con esa camiseta. Y después fue aliento, aliento. Pasó la primera parte y Godoy Cruz tenía que mostrar algo más. Y así fue entonces que empezó el aguante. A muerte con las corridas de Casierra, la presencia de Fissore y, fundamentalmente, con la atajada providencial de Luis Ardente ante Zuqui cuando el Tomba era un vendaval. La gente bancó. Bancó y gritó hasta la ronquera que durará varios días cuando Montagna clavó el 2-0 en ese interminable tiempo de descuento. Era tocar el cielo con las manos y disfrutar de un domingo de clásico, fútbol y mucho sol. Sí, ese que hacía tanto tiempo estaba ausente, eligió volver para completar la fiesta en Concepción.