La pregunta ha poblado las crónicas de la semana luego de que se conocieran las candidaturas definitivas para presidente y vice de las diferentes fuerzas políticas y, particularmente, del oficialista Frente para la Victoria. Se comprenden los comentarios de los opositores, estén donde estuvieren, sean candidatos o no, porque ciertamente es una brecha visible y, en campaña, a toda herida vale echarle sal. Pero veamos si esa suposición tiene sustento.
En un primer punto debemos centrarnos en el papel de los vicepresidentes en general, puesto que probablemente con la única excepción de George Bush padre en Estados Unidos, en nuestro país ni en ningún otro han ejercido influencia visible en los lapsos de sus administraciones.
Restringiéndonos a nuestra Argentina y desde el regreso de la democracia, fueron muy opacas las figuraciones de Víctor Martínez con Raúl Alfonsín, Eduardo Duhalde con Carlos Menem (a los dos años lo mandó a la provincia de Buenos Aires para dejar a su hermano de presidente provisional) y Carlos Ruckauf quien también, a poco tiempo, tuvo destino bonaerense.
Hay que reconocer que Carlos Chacho Álvarez intentó participar con intensidad, dado que venía de una alianza real de varias fuerzas. Pero no les fue bien a él (que renunció prematuramente) ni al presidente Fernando de la Rúa, que debió abandonar su cargo antes de que lo echara el Parlamento.
El regaño
Para recordar, está el regaño que recibió el propio Daniel Scioli de Néstor Kirchner cuando quiso opinar sobre el manejo de las tarifas de energía. No sólo se le quitó el saludo, sino que el Ejecutivo despidió de sus trabajos a todos sus seguidores. Una forma de hacer saber quién estaba al mando. A Julio Cobos Cristina Fernández de Kirchner ni siquiera le prestaba el avión luego de que desempatara en contra del gobierno en la polémica cuestión del incremento de retenciones a las exportaciones del agro. El actual, Amado Boudou, envuelto en varias causas penales, tampoco ha tenido mejor destino: está desaparecido de la acción pública, no es candidato a nada y tal vez vaya preso terminado su período.
Vamos más lejos. Vicente Solano Lima fue obligado a renunciar junto al ‘tío‘ Héctor Cámpora en el 1973, Carlos Perette se fue con Arturo Illia en 1966 (por golpe de Estado militar) y Alejandro Gómez renunció a los seis meses por divergencias con Arturo Frondizi en el 1958. Hortensio Quijano no pasó a la historia por haber sido el vice de Juan Domingo Perón desde el 1946 hasta su muerte en el 1952.
Ni lejos ni cerca
En realidad, la posición del vice es la de alguien que está obligado a no estar lejos para parecer traidor ni cerca para quedar pegado, porque es quien debe reemplazar institucionalmente al jefe en alguna ocasión o de modo definitivo. Para encontrar un vicepresidente que ejerciera la titularidad del Ejecutivo hasta final de mandato, debemos retroceder hasta el reemplazo de Carlos Pellegrini a Miguel Juárez Celman luego de la Revolución del Parque en 1892 y a José Figueroa Alcorta por la muerte de Manuel Quintana en 1906.
Si nos guiamos por resultados, la del vice es la posición ideal para terminar con la carrera de un político. Así lo intuyó Domingo Sarmiento cuando se negó a ser segundo de Bartolomé Mitre con aquella frase ‘prefiero ser cabeza de ratón y no cola de león‘, para venirse a la Gobernación de San Juan. Acertó: luego fue Presidente desde 1868. Aún cuando hubo y aún hay consenso absoluto sobre que Ítalo Lúder debió reemplazar la ineptitud de Isabel Perón, prevaleció la tradición justicialista de la lealtad y de no ‘sacar los pies del plato‘.
Volvamos a la cuestión Daniel Scioli-Carlos Zannini. Alberto Balestrini es hijo de un militar peronista que fue obligado a pasar a retiro en 1955. Luego de una larga carrera de militancia en épocas de proscripción y persecución, fue elegido en democracia diputado nacional, senador provincial y dos veces intendente de La Matanza, el partido más extenso del Gran Buenos Aires con un millón ochocientos mil habitantes. Dos y media provincias de San Juan. Dejó su segundo mandato para presidir la Cámara de Diputados de la Nación en los dos últimos años de Néstor Kirchner desde donde partió para acompañar a Daniel Scioli en su primera candidatura a la Gobernación de Buenos Aires en 2007. Hombre con historia de sobra y capital político propio medido en varias elecciones, daba lugar para suponer que fuera él quien realmente mandara a un ‘Scioli pantalla de marketing‘. Si alguien tenía recursos, cuero y seguidores para desplazar a Scioli, era Balestrini. No es, ni lejos el caso de Carlos Zannini. El electorado lo conoce poco y no tiene inserción directa en un distrito, salvo las simpatías que despierta en un sector interno del Partido Justicialista.
Si bien sería inválido un razonamiento del tipo ‘lo que pasó con Balestrini pasará con Zannini‘, es un caso para tener en cuenta como también el fallido intento de Gabriel Mariotto, quien estuvo convencido de que controlaría la Gobernación desde el segundo sillón con su grupo de legisladores. Hoy cuesta encontrar su nombre en Google. Sería injusto y falto de realismo tener a Scioli por un político torpe y poco resistente a los empujones. Llegó a la actividad desde el deporte con Menem junto a Carlos Reutemann, Hugo Porta y otros. Fue diputado nacional y secretario de Turismo, vicepresidente de Néstor Kirchner, ocho años gobernador de Buenos Aires (distrito del que se dice que es más difícil que la presidencia de la Nación) y ahora es candidato al cargo más alto. Pensar que, en caso de ganar, pudiera cumplirse aquello de ‘Scioli al gobierno y Cristina al poder‘, remedo de lo que NO pasó con Cámpora y Perón (Perón debió ganar una elección por las suyas), parece más bien una ilusión de los interesados como ocurrió con aquél caso del 1973. Puede que el hombre tenga otros problemas, pero la historia indica que difícilmente uno de ellos lleve nombre y apellido.
