En los primeros días de la semana que terminó, el ministro de Hacienda Alfonso Prat Gay la declaró muerta, tal vez conociendo por anticipado los datos que publicará el Indec en breve. Su optimismo no es compartido por el titular del Banco Central quien, más cauto, no considera que un mes sea suficiente para marcar una tendencia. Pero, supongamos por un momento que el pronóstico se cumpliera. La inflación es uno de nuestros problemas endémicos y varias veces ha mutado a epidemia con resultados peores que los de las enfermedades mortales con cifras escandalosas de mortalidad infantil, pobreza y violencia social. Este demonio imperceptible a los ojos tiene una etapa en su vida que emparda el daño y la perversión de las drogas adictivas. Las víctimas se sienten bien, confortables y cuando están en medio de la borrachera tienden a pedir más porque perciben con los sentidos, no con la razón, que lo que están teniendo es agradable. De hecho, no han faltado gobernantes que reclamaron ‘un poquito más de inflación‘. De modo inverso, la corrección de este gran desequilibrio entre la emisión monetaria, la oferta de bienes y la demanda de los consumidores, causa al principio el mismo efecto que los remedios amargos pero, superada esta etapa, viene otra de gran bienestar, mucha paz y tranquilidad. No son intelectualizaciones, ya lo hemos vivido. ¿Por qué paz y tranquilidad? Porque hay tareas en las que no hace falta pensar y dejan espacio para otras más placenteras y productivas. En uno de esos momentos trágicos sufridos sin que nos dejaran enseñanza, recuerdo a dos amigos dueños de un importante negocio que se reunían todas las mañanas antes de la llegada de los empleados para analizar qué debían hacer ese día.
Cuando la inflación desapareció durante casi 10 años, me los encontraba a la misma hora pero en el café en amable tertulia. Del otro lado, los trabajadores dejaron de lado la angustia de no poder sacar cuentas y pudieron elaborar un presupuesto familiar a más largo plazo. En el peor de los casos podrían saber cuánto les faltaba para actuar en consecuencia ajustando los gastos o consiguiendo más recursos. Pero lo más notorio con la caída de la inflación es que el crecimiento tiende a recuperarse a gran velocidad. ¿Qué ocurre? Se multiplica el dinero bancario bajo el conocido nombre de ‘crédito‘, tanto para los consumidores como para las empresas.
Si tenemos la certeza de que los valores no van a cambiar, como ocurre en todo el planeta a excepción de unos pocos países, no tenemos problema en vender o comprar a largo plazo y, ahora sí, sin interés o con una diferencia mínima. Estos no son supuestos teóricos, de hecho, no hay país alguno en el orbe que haya registrado crecimiento sostenible con alta inflación. Todo lo contrario, la geografía nos da claras señales de dónde están en el mapa los pocos que comparten ese vicio, ninguno en países desarrollados. Creer que desde esta parte de América vamos a contradecir al resto de naciones fue entre nosotros una muestra de soberbia. Una vez más hace falta insistir: si se pudiera crear riqueza imprimiendo billetes no habría pobres en el mundo, se trataría simplemente de un problema de papel y tinta. La impresión apócrifa de billetes es la principal causa del fenómeno, tema vastamente analizado por las corrientes de científicos del mundo. Pero, volvamos a la cuestión del crédito, instrumento que se reduce al mínimo en escenarios de inflación. La venta al contado o a plazos cortos con alto interés explícito o encubierto es una forma de transacción tan arcaica como indefendible para esta época. En las economías desarrolladas varias veces operó el defecto contrario, transacciones a tan largo plazo que hacían falta varias vidas para pagar, lo que produjo burbujas de papeles que en algún momento explotaron. Todo al revés. En lugar de hacer uso del crédito con moneda constante para obtener un determinado resultado económico hemos preferido tener dinero falso en la mano y comprar al contado. Ejemplo claro de eso son las cifras que recientemente publicara el Banco Mundial que indican la evolución de los préstamos de las entidades financieras al sector privado en porcentajes del PBI en diversos países en los últimos 50 años. El número de Argentina en 1960 fue del 13,7% y esa exigua cifra creció a 14,3% en 2015.
En cambio Chile empezó con 22,4 y quintuplicó para llegar a 111,2, es decir, hay más plata prestada que todo el PBI de un año. Si nos vamos a Estados Unidos la partida es desde el 70,9 en 1960 y la llegada en 2015 es a 190,4, o sea, está en préstamo el doble del PBI. Perú, bastante bajo en la escala general arrancó 50 años atrás con el 12,9 y triplicó para llegar a 36,8%. Traducido, nosotros seguimos igual que 50 años atrás, con los bolsillos llenos de dinero falso para pagar el contado con altas tasas de interés mientras que los demás, multiplicaron el uso del crédito a baja tasa y con inflaciones anuales equivalentes a las que nosotros tenemos en un mes. Una evidencia inconfundible son las largas colas que agotan los cajeros automáticos cuando se liquidan los sueldos. La recuperación del crédito con moneda constante, permitirá equilibrar en pocos meses el consumo perdido. Se podrá volver a la situación anterior pero ahora con un sistema será sustentable. Si fuera cierto que agosto dio menos del 1% podríamos estar a las puertas de una primavera con perfume de estabilidad.
