Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al dinero. Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!
No se inquieten entonces. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. (Mt 6,24-34). "’No se puede servir a dos señores”: es éste un dicho lapidario que se advierte en otros textos evangélicos y que tiene su raíz en expresiones de los profetas del Antiguo Testamento. Son muchas las cosas que amenazan el primado de Dios en el corazón del hombre: el poder, el prestigio, el dinero y los placeres. Pero para Jesús, los dos señores resultan claros: Dios y el dinero. Para Jesús, la insidia proviene del dinero. "’Mammona” es un término arameo empleado aquí en Mateo, y tres veces en el evangelio de Lucas: 16, 9.11.13. Su significado es el de un tesoro escondido, y recuerda que los bienes que se tienen solamente para sí escondiéndolos de los otros producen iniquidad; es decir, injusticia. El apóstol san Pablo lo traduce con un término griego: "’arpagmos”, como un bien "’tenido celosamente para sí, o peor aún, como un fruto de lo que se le ha robado a los otros”. Se trata de una confianza ilimitada en el dinero, que aparece como una fuerza personificada; casi un "’anti-Dios”, que le roba el lugar al verdadero Dios. Dos veces aparece aquí el verbo "’servir”: en griego "’douleúein”. No se puede "’servir” a Dios y al dinero. No significa una simple prestación de servicio, ni siquiera obediencia, sino pertenencia. El hombre pasa a ser manipulado por el ídolo: en este caso, la plata. De aquí el consejo: "’No se preocupen pensando qué van a comer o con qué se vestirán”. El verbo "’preocuparse” (en griego: "’merimnan”) no es simplemente trabajar, o ser previsores. Significa vivir la ansiedad y la angustia, revelando una relación errada con las cosas, con la vida y con Dios. El error no consiste en buscar los alimentos y las vestimentas, que indican las necesidades fundamentales, sino en sobre valorarlos, como si fueran capaces de dar seguridad y serenidad. Días pasados el Papa Francisco afirmaba que esta actitud es propia de quien "’habiendo perdido la esperanza de lo trascendente, también pierde el gusto de la gratuidad y de hacer el bien por la simple belleza de hacerlo”. Por más que el hombre se preocupe y apegue a la pasión por acumular, no podrá añadir una sola hora a su vida. Esa ansiedad por "’poseer” equivale a una flagrante falta de fe. Ésta implica confianza y abandono en las manos de Dios que nunca traicionan. Por eso afirma Jesús: "’El Padre que está en el cielo sabe bien qué necesitan ustedes”. La ansiedad no es evangélica. Dios ha creado las cosas para que las gocen todos, no para que las posean unos pocos. Ante la ansiedad por el hoy, Jesús invita a la serenidad por el mañana. El padre Luigi Guanella (1842-1915) fue un sacerdote italiano canonizado por Benedicto XVI en 2011. Se dedicó a defender la dignidad del ser humano, estableciendo casas para la atención de ancianos, enfermos incurables, impedidos mental y físicamente, y todos los considerados socialmente "’inútiles” que eran abandonados por sus familias. Él decía que la falta de confianza en Dios y el pecado alejan a la providencia divina. Se complementa con lo afirmado por Francisco en la Exhortación Apostólica "’Evangelii gaudium”: "’El dinero debe servir, no gobernar. El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlo, promocionarlos. Los exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética a favor del ser humano” (n. 58). Cierto día, un gran industrial fue a un monasterio a pedir consejo: "’Padre, un monje que vive así desapegado de las cosas, tiene una enseñanza que pueda ayudar a un hombre de negocios como yo?”. El monje respondió: "’¡Claro! Yo te puedo ayudar a tener más”. El industrial se maravillo e interrogó: "’¿Cómo?”. El monje concluyó diciendo: "’Si. ¡Enseñándote a desear menos!”.
