"¿Cuántos de ustedes pensaron alguna vez en matarse?", preguntó. Congeló el ambiente. La discusión había perdido el rumbo y nadie parecía escuchar a la terapeuta hasta que disparó tal munición gruesa. Padres, de un lado, e hijos, del otro, enmudecieron ante el cuestionamiento. Las 50 personas que estaban en aquella habitación, por primera vez, depusieron posiciones. Sin embargo, lo más fuerte aún estaba por venir. Todos los pibes dentro del cuarto levantaron la mano. Sin pronunciar palabra, contestaron afirmativamente a la profesional.
Estupefactos, los padres presentes en la reunión agravaron el silencio. Recién entonces encontraron la hendija por dónde ver lo que había detrás de la enfermedad de sus hijos adictos. Porque de eso se trataba: de hallar una estrategia en común para ayudar a los adolescentes a salvarse de la dependencia de las sustancias psicoactivas.
Sólo la jugada extrema de la terapeuta -revelar el grado de autodestrucción latente en los chicos- pudo conmover a los adultos que, pese a convivir con los pibes, habían mantenido los ojos cerrados hasta ese momento. Tal vez sin malicia ni negligencia, simplemente por negación.
Algo hay que facilita la caída en una adicción. Difícilmente pueda revelarse con la precisión de un polinomio. Pero ciertas piezas combinadas suelen arrojar el cuadro de situación en que un chico queda propenso a esta enfermedad que, básicamente, lo priva de su voluntad.
Esa palabra, la voluntad, es precisamente la clave del debate que en breve ganará espacio en el Congreso de la Nación: la despenalización lisa y llana de la tenencia de marihuana para consumo personal.
Amparados en el derecho a la privacidad, quienes defienden esta posición de no penalizar lo hacen con el criterio de "no criminalizar" al adicto, en tanto y en cuanto lo que haga puertas adentro de su casa queda reservado a su intimidad. En esta posición se encuentran ministros de la Corte Suprema -con matices- y algunos funcionarios K liderados por el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández.
En la vereda de enfrente, curiosamente, están los terapeutas que tratan a diario con los chicos que luchan por salir de la adicción. Tanto los profesionales de la ONG Casa del Sur -responsable del manejo del Proyecto Juan- como del Programa Lihué, coincidieron en señalar que la despenalización sólo promoverá el consumo y facilitará la tarea del dealer que, por costumbre, transporta pequeñas cantidades de droga. Cualquier uniformado podría pecar al detenerlo si no tuviese en cuenta la jurisprudencia sentada por el máximo tribunal argentino.
¿Qué cantidad es considerada "para consumo personal"? La pregunta no hace más que desnudar la precariedad del debate que, hasta ahora, no ha recurrido a los terapeutas que trabajan con los pibes adictos, según denunciaron los técnicos de Casa del Sur.
El que consume una droga psicoactiva, al igual que el alcohólico, el que fuma tabaco o el que despilfarra su dinero en juegos de azar no es un delincuente. Pero podría llegar a serlo, fuera del uso de sus facultades mentales.
La voluntad que se pierde y el lacerante sentimiento de autodestrucción. El silencioso pedido de auxilio. Y el debate político que, al igual que algunos padres, sigue con los ojos cerrados.
