Busquemos el porqué del uso denominativo de las palabras "cristo” y "jesús”, con las que se sustantiva al Hijo de Dios. "Cristo” proviene del latín "christus”, y éste del griego "christós”, que literalmente significa "ungido”; así, Jesucristo connota "Jesús ungido”.
La voz "jesús” se origina del latín "iesus”, y del hebreo "yehosuá”, que transmite idea de "salvador”; en apreciación conjunta, Jesucristo es, entonces, "Salvador Ungido”. Siendo ungido Cristo, por su condición excelsa y por antonomasia llevaba en sí el atributo de la divinidad.
La concernencia divina de Cristo fue negada por Arrio, filósofo griego, heresiarca -autor de una herejía-, presbítero de la iglesia de Alejandría, que provocó una de las crisis más grandes de la Iglesia cristiana (años 300 dC), siendo excomulgado por su doctrina que desconocía en Jesús los atributos de la divinidad, no aceptando la forma consustancial con el Padre. La llamada "herejía arriana” fue condenada por los concilios de Nicea (año 325) y de Constantinopla (año 381).
Jesucristo fue signado con agua en el acto de ser bautizado por San Juan Bautista, su precursor. De esa instancia transcribimos lo que dice San Lucas en 3, 21-22: "En el tiempo en que concurría todo el pueblo a recibir el bautismo, también fue bautizado Jesús. Estando ‘Él en oración, se abrió” el cielo y bajo sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal como de una paloma; y se oyó del cielo esta voz: "Tu eres mi Hijo amado, en Ti me he complacido”. A su vez, San Juan, en 1,32 del Nuevo Testamento, atestigua: "Yo he visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma, y reposar sobre Él. Yo lo he visto, y por eso doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios”. Tal vez todo esto sea el signo mayor de la divinidad de Cristo.
El carácter humano de Cristo fue insinuado por Él mismo en ciertas oportunidades, tal cuando Iscariote (apóstol de Jesús) se acerco para besarle. "Entonces Jesús le dijo: ¡Judas! ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lucas, 22: 48).
Jesús fue humano a través de María, por el solo hecho de haberse albergado en su vientre: "El Señor me llamó desde el vientre de mi madre; se acordó de mi nombre desde el seno materno”. Palabras de Jesucristo en Isaías 49, 1-2,. profeta hebreo éste, en el Antiguo Testamento.
Ninguna religión tiene "asignada” la verdad absoluta en cualesquiera de sus creencias. Un antiguo himno Veda (Rig-Veda, hinduismo) dictado por Brahma -uno de los principales dioses del panteón hindú- proclama que "todas las religiones dicen valiosas verdades similares”. En un pasaje del himno se enfatiza: "Yo soy, dijo el Señor del cielo, en las ideas religiosas de los pueblos, como el hilo en el collar de perlas”. Especificando, cuentas distintas unidas por un mismo engarce.
No obstante, y dentro de una duda calladamente cristiana, se puede preguntar: ¿Podemos semejar a Jesús con Mahoma (años 500 después de Cristo), fundador del islamismo, convertido luego en religión musulmana, cuyos principios sostienen la unicidad de su dios Allah? ¿Tiene analogía con Zoroastro (Zaratustra), reformador religioso persa fundador del mazdeísmo (zoroastrismo) quinientos años antes de Cristo, con doctrina basada en la existencia confluyente de los dos eternos principios del bien y del mal? ¿Es coherente cotejarlo con Buda (Siddarta Gautama), fundador del budismo en la India (s. VI aC), que difundió” el conocimiento de cuatro verdades: el sufrimiento, su origen, su supresión, y el camino hacia el nirvana, beatitud que se alcanza cuando la total depuración humana permite su absorción e incorporación en la esencia divina? Sin desestimar otras religiones, abarcando la enorme simpleza y a la vez grandiosidad de Jesucristo, se puede contestar que no.
La prueba de la resplandeciente singularidad de Jesús es su existencia misma, su humildad y misericordia infinitas, sus enseñanzas, sus milagros, su prédica misional divina y humana, su evangelio de buena nueva para la Humanidad, sus enormes padecimientos, su vía crucis al Calvario, su crucifixión y muerte en redención del Hombre, su gloriosa resurrección. Cristo vive en todos quienes se prosternan ante Él, y proclaman su eterna vigencia como Enviado del Cielo.
(*) Escritor.
