Siria se precipita en una violencia que no conoce ocaso. El régimen de Bashar el Asad ha perdido el control sobre importantes áreas del país. Los grupos armados de la oposición han llegado a las afueras de Damasco y en algunas ciudades se multiplican los secuestros y asesinatos entre distintas comunidades religiosas. El problema más grave es que los combates cercanos a la capital siria acrecientan la posibilidad de una guerra civil.

La superioridad del ejército sirio sobre las milicias de la oposición ha sido hasta ahora insuficiente para sofocar una revuelta que surgió hace casi un año en Daraa, una población remota, y se ha extendido ya a casi todo el país. Bajo la estricta dominación de la dinastía Asad desde 1971, Siria es uno de los países clave en Oriente Próximo por su influencia sobre sus vecinos, sobre todo Jordania, por su frontera con Turquía y por las buenas relaciones que mantiene con Irán. La mayoría del pueblo sirio tiene ciertas distancias culturales con Bashar el Asad. Él y su familia pertenecen a la minoría religiosa alauí, una rama del Islam chií que representa al 12% de la población, frente al 74% que suponen los musulmanes suníes. Ante la amenaza sobre su estabilidad en el poder, Asad no ha dudado en utilizar la fuerza de la manera más tajante posible con una represión violenta. La ONU dejó de contabilizar las víctimas del conflicto en diciembre, cuando se llegó a las 5.000, dada la imposibilidad de verificar datos. Desde el inicio del conflicto, según la información difundida por UNICEF, han muerto 400 niños y otros tantos han sido detenidos. La mayoría de los niños fallecidos hasta principios de enero eran varones y alguno de los arrestados eran menores de 14 años.

Francia y Reino Unido intentarán que el Consejo de Seguridad de la ONU apruebe una resolución que apoye el plan de la Liga Árabe, pero Rusia, con derecho a voto, se resiste a ello y juega, por el contrario, a invitar al régimen y a la oposición a unas inviables negociaciones en Moscú. En marzo del año pasado, cuando tras derrocar a Ben Alí en Túnez y Mubarak en Egipto, la Primavera Árabe llegó a Siria, Bashar tuvo una oportunidad para intentar sobrevivir. Pero en vez de ofrecer la libertad y la dignidad que reclamaban los primeros manifestantes sirios, se enrocó en una feroz represión que hasta la fecha lo único que ha causado es violencia y muertes.