Mañana, 26 de agosto es el Día Nacional de la Solidaridad en recordación del nacimiento de la Beata Teresa de Calcuta.

Hace exactamente cinco años Cáritas, la Sociedad Israelita y la Universidad Católica de Cuyo organizaron unas Jornadas Provinciales sobre Solidaridad y Compromiso Ciudadano que contaron con magistrales oradores. Esta nota es un homenaje a esa fecha, y está centrada en las relaciones entre la persona que ayuda solidariamente y la que es ayudada:

La humanidad tiene dos caras: una es opaca y oscura; la otra, brillante y luminosa. La primera tiene expresiones malignas, tales como guerras, corrupciones, crímenes, robos y vejaciones. La segunda se manifiesta a través de los sentimientos más nobles del ser humano, entre ellos, la solidaridad. Aquí daré tres grandes pinceladas acerca de este tema: a) niveles de la solidaridad; b)necesidad real del que recibe ayuda, y c)dignificación de esa ayuda.

En el cristianismo la caridad es una de las tres virtudes teologales (fe, esperanza, caridad). En el judaísmo hay un término hebreo para la caridad, tzedaká, que se traduciría como "justicia social”. Es una bella expresión, porque implica que quien ayuda a alguien con apoyo material o espiritual no le está dando una limosna, sino haciendo justicia. Solidaridad, fuente de justicia.

Maimónides (1135-1204) mostró ocho niveles ascendentes de la tzedaká. El primero es el de quien ayuda sin entusiasmo y sólo cuando se le pide; el último y más valioso nivel lo dedica a quien ayuda generosamente a alguien para que se ayude a sí mismo, como es el caso que figura en DIARIO DE CUYO del 19/08/14 ("Ejemplos de vida”). Esas personas recibieron máquinas y equipos diversos para superar su situación, y lo hicieron.

En otro orden, cuando se habla de ser solidario con personas necesitadas en lo primero en que se suele pensar es en brindar elementos materiales, tales como zapatillas, ropa y útiles escolares, y generalmente se tiene razón, ya que lo primerísimo de la solidaridad es satisfacer ese tipo de necesidades. Sin embargo, a veces estos requerimientos ya están cubiertos y las personas necesitan otro tipo de auxilio, como es la ayuda afectiva.

La relación entre la persona que ayuda y la que es ayudada es compleja. En el año 2000 el Banco Mundial hizo una encuesta a 60.000 pobres de 60 países, y uno de los resultados fue sorprendente: "Los pobres percibían que eran vistos por quienes tomaban contacto con ellos como una especie de personas inferiores, de una categoría menor, por ser pobres. La mirada despreciativa, compasiva o indiferente, pero en todos los casos cargada de subestima, los afectaba profundamente.”

Es una paradoja: ayudamos y humillamos al mismo tiempo. ¿Por qué? Cuando regalamos algo, aunque lo hagamos con las mejores maneras, esa persona podría sentir que con nuestro gesto le decimos: "Tomá, te regalo esto porque no sos capaz de ganártelo”. Y quizás no sea así, es posible que las circunstancias y no su voluntad la pusieron en esa situación.

¿Cómo se logra evitar la humillación y lograr el aprecio de nuestra ayuda? Una respuesta es: dignificando lo que damos y al que recibe. Una manera de hacerlo es pedir algo a cambio de lo que se da. No se trata de dinero, sino principalmente de acciones, cosas inmateriales. Casi todos tenemos algo para dar. Un par de horas semanales para trabajar en alguna ONG, ayudar a un vecino, enseñar algo, cambiar comportamientos, formar una biblioteca en el barrio, cuidar una plaza y tantas otras formas posibles. Hasta los niños pueden participar, comprometiéndose a ser buenos alumnos, por ejemplo. De todos modos, vale señalar que hay casos extremos en los que no es posible pedir retribución alguna.

Queda por formular una pregunta difícil. Dado que todos nuestros actos son educativos, ¿qué enseñamos cuando ayudamos con elementos materiales sin pedir nada a cambio en los casos en que esas personas puedan retribuir de algún modo la ayuda que reciben? En primer lugar, tengamos en cuenta que lo que se recibe de regalo no siempre se valora suficientemente, y esto suele verse también en algunas relaciones padres-hijos.

Además, a través de regalos frecuentes, a pesar de las buenas intenciones, podríamos llegar a dos situaciones extremas indeseadas: a) que lo que al principio se recibía como un gesto de solidaridad se distorsione y llegue a interpretarse como un derecho adquirido; b) que se anestesie la dignidad de algunas personas, llevándolas a la conclusión de que es más fácil tender la mano para recibir algo gratuitamente que trabajar. Es la oposición entre fomentar la cultura del esfuerzo o la anticultura de la mendicidad evitable.

En resumen, la solidaridad, uno de los sentimientos más nobles del ser humano, es caridad, justicia social, tiene varios niveles, satisface necesidades materiales y afectivas y requiere una aplicación digna y dignificante.

Además, es una de las mejores huellas positivas que podemos dejar en nuestro paso por este mundo.

(*) Gobernador del Distrito 4860 de Rotary International (2002-03). Directivo de la Sociedad Israelita de San Juan.