Con gran alegría hemos recibido en Roma la noticia de la aprobación por parte del Santo Padre Francisco para que sea beatificado quien fuera arzobispo de El Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, que nació el 15 de agosto de 1917 y fue asesinado por odio a la fe, el 24 de marzo de 1980, en San Salvador. Fue muy conocido por su predicación en defensa de los Derechos Humanos y murió asesinado mientras celebraba misa. En 1994, la causa para su canonización fue abierta por su sucesor Arturo Rivera y Damas. En la rueda de prensa de regreso de Corea en agosto de 2014, Francisco respondió a una pregunta sobre la situación por aquel entonces del proceso de beatificación de Romero. En dicha ocasión el Santo Padre afirmó que "el proceso se encontraba en la Congregación para la Doctrina de la Fe, bloqueado ‘por prudencia’" según decían. Ahora ya no está bloqueado. Ha pasado a la Congregación para los Santos. Para mí Romero es un "hombre de Dios".
Han pasado treinta y cuatro años del fallecimiento de Mons. Romero, y ahora es declarado mártir "in odium fidei". Por la presión de grupos de derecha, entre los cuales se encontraría como siempre, el Opus Dei, y otros sectores conservadores, la causa sufrió continuos estancamientos. Es que para esos grupos, estar a favor de los pobres, trabajar en las periferias, vivir desapegados del lujo y la comodidad, es siempre algo "peligroso", demostrando la necedad y el alejamiento del espíritu evangélico. De hecho, la primera bienaventuranza dice: "Felices los pobres, porque ellos heredarán el Reino de los cielos". Gracias a Francisco, que desea una "Iglesia pobre para los pobres", las periferias han vuelto a estar en el centro del Pueblo de Dios. De manera defensiva esos sectores conservadores siempre sostienen que en la iglesia debe haber lugar para todos. Es verdad, pero parecen olvidar que también es cierto que todos estamos obligados a la conversión. Las casas y centros del Opus Dei no se encuentran en barrios populares, villas de emergencia, hospitales o residencias para personas de la calle. En Roma, la casa principal de ellos se encuentra en el Barrio Parioli, uno de los sectores residenciales más costosos y lujosos de la Urbe. Siempre son ellos, y quienes los contradicen o no están de acuerdo con sus ideas, son relegados, ignorados, perseguidos. Ése es su estilo y comportamiento nada eclesial. El obispo de Ciudad del Este, Rogelio Livieres, miembro del Opus Dei que fue destituido por el Papa Francisco luego de una visita apostólica en la que se concluyó sobre sus actitudes tiránicas y prepotentes, entre otras graves causas, criticó al Papa y ni siquiera estuvo presente cuando asumió el nuevo pastor designado por el Vaticano: Mons. Heinz Wilhelm Steckling. También el director del diario español, "La Razón", Francisco Marhuenda, miembro del Opus Dei, atacó duramente al papa Francisco luego de las palabras del pontífice en relación al atentado al semanario Charli Hebdo, diciendo en el programa televisivo "La Sexta Noche": "El problema de este Papa es que no para de hablar. Es un papa populista, es un papa peronista, que no se dedica a lo que tiene que hacer. Lo que ha dicho el Papa es una barbaridad". Una expresión más que demuestra su molestia con un papa que pide hacer todo lo contrario a lo que ellos hacen. Hablan de fidelidad al pontífice mientras éste diga y haga lo que ellos piensan y realizan, que está siempre alejado del espíritu evangélico. Leyendo el blog "sectaopusdei", uno queda atónito cuando se muestran datos escalofriantes sobre el accionar de estas personas.
Resulta también ofensivo que Escrivá de Balaguer, fallecido en 1975, fuera beatificado diecisiete años después y canonizado en 2002. ¿Cómo puede ser que haya sido declarado santo antes que Juan XXIII, y de Pablo VI, quien el 19 de octubre de 2014 fue beatificado, y aún deberá esperar para ser declarado santo? Es vergonzoso que Alvaro del Portillo, fallecido en 1994 haya sido ya declarado beato en una celebración en Madrid, donde no se permitía a los fieles recibir la comunión en la mano, y con un lujo ajeno al espíritu de santidad. Fueron personas para quienes la "asepsia" espiritual era el sello de su grupo. De hecho, fueron ellos quienes influenciaron en Juan Pablo II para que el Opus fuera aprobado como "Prelatura personal": la única que existe en la Iglesia. Siempre elaboraron todo sólo a medida de ellos. No quisieron depender de la Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, sino de la Congregación para los Obispos. Nunca la humildad. Los que estaban marginados en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, ahora se sienten acogidos, respetados y aceptados por Francisco. Fue el Opus Dei quien influyó para marginar a Mons. Luigi De Magistris, ex Pro Penitenciario de la Iglesia Católica, a quien correspondía por su cargo ser cardenal. El "pecado" de De Magistris fue oponerse a la canonización de Escrivá de Balaguer, y como durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI los seguidores del español que solicitó título nobiliario se encargaron de influir manipulando, De Magistris fue relegado. El arzobispo no estaba viendo televisión cuando el papa Francisco pronunció el nombre de los nuevos purpurados, sino en la catedral de Cagliari, confesando a los fieles, con su roída sotana negra, sin ningún distintivo episcopal, y con el rosario en sus manos. Gracias a Francisco, ahora recibió la birreta púrpura el pasado 14 de febrero. El Papa tuvo para con él un gesto digno de destacar. Como el anciano cardenal tiene problemas para caminar, fue Jorge Bergoglio quien se levantó de su sede, delante de todos lo abrazó, y estuvo hablando con él durante varios minutos. Algo insólito pero muy expresivo. Lo mismo sucedió con otro neo cardenal, el alemán Karl Josef Rauber, quien fue nuncio en Bélgica y durante su gestión allí se opuso a que Mons. André Leonard fuera designado arzobispo de Malinas-Bruselas. Fue el Opus Dei y grupos de derecha quienes influyeron sobre Benedicto XVI para que finalmente Leonard fuera nombrado. Rauber siempre se opuso públicamente a esa nómina y describió a Leonard como "totalmente inadecuado" para ese cargo. Luego de esto, el belga fue promovido a Bruselas y el nuncio marginado; pasó a ser jubilado. Otra injusticia más. Por eso nos alegramos que el Papa haya tenido en cuenta a estos dos obispos de la Curia, relegados e ignorados, y haya hecho un acto de justicia promoviéndolos al cardenalato, mirando también a la universalidad de la Iglesia y promoviendo a los obispos de Toga, Tailandia, Nueva Zelanda, Uruguay, Etiopía y Cabo Verde. No cabe más que alegrarse y apoyar a un Papa que está empeñado en una reforma transparente de la Iglesia para que se parezca más a aquella que fundó Jesús, desprendida del poder y del dinero. El próximo nombramiento del obispo de Añatuya será un ejemplo más de lo que anhela Francisco para la Iglesia en Argentina, y será objeto de nuestro próximo artículo.
