Esa tarde llegó mi padre con el rostro de otoño, gris, melancólico. Y así salió, camino incierto. Lo tenía una vez más entre mis cosas. Solemos construir castillos de bruma, con perfumes y palabras, en el territorio de los sueños, donde una vez más se me esfumaba la realidad por la cual él había fallecido hace muchos años, a edad temprana.

El set televisivo del canal capitalino fulguraba. Cada artista de renombre tenía su escenario asignado. El coordinador nos conduce a nuestro propio escenario. No lo podíamos creer. En nuestra almita adolescente bullía la emoción de sabernos tan importantes entre los grandes. Cuando regresamos a la provincia, los amigos nos trataban como héroes, cuando sólo éramos dos muchachitos agraciados por el don de poder expresarse de algún modo que a la gente le llegaba.

Mi madre ya ha partido de entre nosotros, aunque esté sentadita, digna, callada y frágil en ese sillón de la sala donde convive con otros viejitos. Es lo que sentí cuando forzosamente debimos dejarla allí. Entonces le pregunté algunas cosas, y ella respondió algo sin mirarme y con los ojos clavados en una ventana casi de hielo por donde el mundo se moría de pena.

Hugo me mira cómplice, con brillo que le salta desde la sangre. El público se ha parado y aplaude como cascadas a estos dos chicos que han cantado "Angélica". Los aplausos están. El sueño cruza la orilla azul y cae, entonces despierto sonriente.

La vida se compone de esos escenarios impalpables donde las cosas vuelven por sus cabales al corazón. Universos donde podemos sospechar que es imposible deslindar los recuerdos de los sueños, de las ambiciones, de las obsesiones y de la realidad.

Mis hijos corretean en el jardín de la casa. Mis nietos corretean… Mi padre, que ha vuelto, corretea por el callejón de su Carpintería natal. Nosotros niños, correteamos territorios del alma. El hijo que no nació corretea junto a un arroyo de miel y abrazos que retornan y se alejan. Esta tarde, mi padre llegó con el rostro de otoño, gris, melancólico. Mi madre ya ha partido de entre nosotros, aunque esté sentadita, digna, callada y frágil en ese sillón de la sala donde convive con otros viejitos; pero ahora regresa secándose las manos hacedoras en el delantal floreado. ¡Abuela Lela, hace mucho que no nos hace empanadas en el horno de barro! Mi abuelo nos ha escuchado, y toma un trozo del verano que se ha posado en sus manos ásperas, y comienza el ritual de encender la leña.

Un hombre me regala en el Centro un bomboncito de membrillo como testimonio de admiración. Hoy ha borrado su huela de las calles, pero está. Hoy me aferro a esta felicidad de escribir vivencias. Sospecho que puedo intentar abrir alguna cortina del cielo, que me parece son semejantes a las cortinas del alma.