Estaba Jesús en cierta ocasión a orillas del lago de Genesaret, y de repente se juntó un gentío para oír la palabra de Dios. Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separara un poco de tierra. Se sentó y enseñaba a la gente desde la barca. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: ‘Rema hacia dentro del lago y echen las redes para pescar’. Simón respondió: ‘Maestro, estuvimos toda la noche intentando pescar, sin conseguir nada; pero, sólo porque tú lo dices, echaré las redes’. Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se postró a los pies de Jesús diciendo: ‘Apártate de mí, Señor, que soy un pecador’. Pues tanto Pedro como los que estaban con él quedaron asombrados por la cantidad de peces que habían pescado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. Entonces Jesús dijo a Simón: ‘No temas, desde ahora serás pescador de hombres’. Y después de arrimar las barcas a tierra, dejaron todo y lo siguieron (Lc 5,1-11).

Las lecturas de hoy (Is 61,1-8; 1 Cor 15,1-11), además del evangelio, desarrollan el tema de la vocación. En verdad, toda la Sagrada Escritura es un libro de vocaciones, porque la vida es vocación. Se quiera o no, se nace con dos padres. Así también, se quiera o no, se nace con una vocación. Surge inmediatamente una objeción: pero muchos no advierten de ser llamados, ni sienten que Dios tenga un proyecto para ellos. Es verdad, y esto explica el porqué el mundo resulte a veces tan complicado. Mafalda se pregunta si será Dios quien habrá patentado la idea de un manicomio redondo llamado mundo. No. El problema es que nosotros con frecuencia lo convertimos en un manicomio. Dios ha aceptado llevar adelante la historia de la humanidad en un diálogo respetuoso con la libertad humana. Nacemos amados y buscados por Dios. La fe nos hace sentir la vida como una exultante, pero también terrible responsabilidad. Quien no cree está solo. Quien cree vive al calor de una llamada. La fe es conciencia de tener una vocación. Algunos se preguntarán: ¿pero la vocación no es algo referido a los sacerdotes o a las monjas? Por desgracia, muchos piensan así. Esta concepción errada explica el porqué la Iglesia siendo misionera, cuente con tan pocos misioneros. La Iglesia es apostólica, y sin embargo faltan apóstoles. En efecto, para tantos cristianos la fe es una rutina que no ha sido purificada de una crisis de profundidad.

Todas las vocaciones particulares deben nacer de una comunidad, y el ‘llamado’ no debe vivir indiferente frente a lo que en ésta sucede. La primera lectura de este domingo nos relata la vocación del profeta Isaías. ¿Cómo descubre que es llamado por Dios? Ante todo, él advierte una situación que lo hace vivir una crisis. Isaías ve la corrupción, la infidelidad y la división del pueblo. Él no vive la indiferencia. Sufre y entiende que algo debe hacer. Dios busca colaboradores y quiere participación. Cuando Dios le hace escuchar las palabras: ‘¿A quién enviaré?’, el profeta responde sin vacilar: ‘Aquí estoy, envíame’. Es una respuesta bella, pero no es fácil. De hecho, en la Sagrada Escritura se registra la lucha interior vivida por tantos hombres y mujeres. Jacob es designado como ‘el hombre que luchó con Dios’. Moisés busca por todos los medios huir de la llamada. Jeremías, casi implorando, se dirige a Dios para decirle: ‘Señor, soy demasiado joven. Envía a otro, pero no a mí’. ¿Cómo es posible decidirse por el ‘sí’? La respuesta la encontramos en el evangelio. Jesús le dice a Pedro: ‘Tira las redes para la pesca’. Un pescador experto como Pedro podría haber dicho: ‘Pero tú vienes de Nazaret donde no hay mar. ¿Qué sabes de pesca? ¿Pretendes enseñarme a mí?’. Pero Pedro no razona así, sino de este modo: ‘He estado pescando toda la noche y no obtuve ningún resultado. Hasta aquí llego. De ahora en más, confío sólo en tu palabra’. Desde este momento Pedro da un salto de calidad en su creer. Su generoso ‘sí’ es una demostración de pequeñez y grandeza al mismo tiempo. La desproporción es superada por la fe generosa. Cuando se deposita la confianza en Dios, se descubre que los resultados son asombrosos, generando estupor y admiración. Se llega a decir como Pedro: ‘Aléjate de mí porque soy un pobre pecador’. San Pablo lo confiesa públicamente: ‘Cristo me ha llamado a mí que soy el último, como el fruto de un aborto. No soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la iglesia’. La vocación del hombre es crecer, aunque algunos la confundan con trepar.