Cuando algunos columnistas de distintos medios periodísticos del país advertían, tras los elogios al demócrata, que el gobierno de Raúl Alfonsín había sido "un fracaso", en lo económico esencialmente, quizá no observaron que la frustración, el descalabro o el naufragio, es el elemento común de la mayoría de las transiciones de dictaduras a democracias, o de situaciones institucionales extremas a normales.
Por ejemplo, bajo el título "Un legado sin herederos", Walter Schmidt, de la agencia DyN (DIARIO DE CUYO 2 de abril de 2009, pag.9), afirma que "La reivindicación de la figura de Raúl Alfonsín tras su fallecimiento, en toda su dimensión como un hombre con medio siglo en la política, puso al desnudo, sin pretenderlo, el nivel de la dirigencia que lo sucede (-) lamentablemente para la Argentina, no es factible nombrar el o los sucesores de ese estilo de hacer política, más allá del color partidario". Pero luego subraya: "Está claro que su gobierno fracasó, al margen de las responsabilidades".
Tras la lectura de éste y otros análisis en la misma dirección que, evidentemente, dibujan la realidad que vivió el país en la década del ’80, producto de la tremenda carga recibida de 7 años de gobiernos militares con sus nefastas gestiones económicas, vale la pena recordar que esta historia se repitió en otros países en situaciones similares. No para consuelo, sino para entender que es muy difícil encontrar transiciones políticas completamente exitosas. No habría más que preguntarle a los ex presidentes de cualquiera de los países de Latinoamérica que se liberaron de largas dictaduras, con excepción de Chile, donde hasta hoy se reconoce que, al margen del criminal terrorismo de Estado que ejerció Augusto Pinochet, éste dejó una economía mucho más "manejable", como se admite, incluso, en las mismas universidades chilenas.
Pero no solo América puede ser ejemplo. Mijail Gorbachov, que reapareció públicamente en estos días para enviar una sincera carta de condolencias por la muerte del ex presidente argentino, reconociéndolo como "un verdadero visionario, hombre de honor y coraje, y su vida un brillante ejemplo de compromiso democrático", sufrió en carne propia experiencias similares a Alfonsín, salvando las distancias. El ex líder de la desaparecida URSS había recibido una monstruosa herencia de un fracasado comunismo (al que perteneció) que a lo largo de casi 70 años logró enriquecer a sus jerarcas y sumir en la pobreza al mismo pueblo que siempre dijeron defender. A Gorbachov no lo había elegido el entonces pueblo soviético, sino sus pares del Politburó, pero supo producir el gran cambio, encaminando al país, previo a su disolución en repúblicas independientes, hacia una naciente economía de mercado, reimplantando los esquemas de la propiedad privada y el beneficio de particulares. Paralelamente vino la glasnot, que significó proponer una agenda y calendario para la instauración de un sistema político de democracia representativa. E igual que Alfonsín, sufrió un intento de golpe de Estado, el 19 de agosto de 1991, que fracasó gracias a quien sería su sucesor, surgido en elecciones libres, Boris Yelstin. Por eso, tampoco es casual este telegrama de Gorvachov, y de ahí lo de "sincero", pues cuando era presidente, y en una visita suya a España que me tocó cubrir, recuerdo que expresó claramente su admiración por Alfonsín y puso de ejemplo su estirpe de político ejemplar (tras el intento de golpe de Estado de los "carapintadas"), ante decenas de periodistas de todo el mundo.
Sin embargo, estas transiciones no son una regla de libro, claro, pues el caso español se parece menos a los mencionados y a la Argentina de 1983. Y no porque Francisco Franco hubiera ejercido una "dictablanda", como alguien llegó a calificar sus 37 años inconstitucionales en el poder, sino porque Juan Carlos de Borbón (su sucesor a título de rey) recibió un país con fuertes reservas, aunque con una industria profundamente obsoleta, incapaz de competir con el resto de Europa y del mundo, en el marco de un pueblo sin libertades. Y paralelamente su primer ministro, Adolfo Suárez, supo convocar a los célebres Pactos de la Moncloa que nunca tuvimos la suerte de "copiar" aquí.
Por eso, frente a estos comentarios, realistas y legítimos desde lo periodístico, a los que se agregaron algunas opiniones por televisión de ciudadanos anónimos que reconocieron haber "pasado hambre" en aquel período del 83 al 89, "porque todos los días cambiaban los precios de los productos de primera necesidad", es correcto desde el análisis histórico, que la balanza, especialmente la popular, se haya inclinado tan favorablemente por su trabajo para recuperar definitivamente la democracia y poner ante la Justicia a los militares acusados de violaciones de los derechos humanos, entre otros compromisos contraídos y cumplidos por el ex presidente muerto. O como manifestó en Radio Colón la ex diputada Delia Pappano, gran conocedora del líder radical: "La gente está convencida que dejó el ejemplo más claro de cómo hacer política honradamente, pensando solo en el pueblo".
