A partir de ayer comenzó a regularizarse el servicio de transporte de pasajeros de larga distancia, tras un paro de choferes durante cinco días, que mantuvo rehenes a unos 400.000 usuarios sobreviviendo de manera humillante en distintas estaciones terminales.

Una vez más, los pasajeros de este servicio prioritario quedaron en medio del paro de la Unión Tranviarios Automotor (UTA), agravado por las pretensiones empresarias de utilizar la negociación salarial para tener la contrapartida de la reimplantación de los subsidios estatales, no obstante una actividad que no está en crisis. Se sumó la pasividad oficial, que sólo activó los mecanismos administrativos habituales caso de la conciliación obligatoria cuando las desinteligencias bloquearon la negociación paritaria y se recurrió a la huelga. Finalmente los trabajadores del sector obtuvieron un aumento del 23% desde el 1 de abril, incluyendo un 18% de mejora correspondiente a los meses de enero, febrero y marzo, pero las discusiones seguirán.

Para el Gobierno nacional se trató de un "lock out” patronal con la complicidad de la UTA, pero de nada se dijo de asistir a los miles de pasajeros varados: sólo se pidió a la gente que se abstenga de comprar boletos hasta que se anuncie formalmente el levantamiento de la medida. Este chantaje por cuestiones paritarias, se transformó en una odisea para centenares de familias abandonadas en la Terminal de Retiro, a la espera de retornar a lugares que promediaban los 600 km de distancia, mientras dormían en el suelo, sin poder higienizarse, conseguir comida porque se quedaron sin dinero y hasta protegerse de robos de merodeadores oportunistas.

Mientras transcurrían las horas hicieron bolsillos comunes para comprar algo de comer, cuando no pasaba alguna ONG solidaria que les daba un bocado. También se perdieron jornadas de trabajo y otros compromisos que debían asumir los usuarios varados. Y lo peor del drama fueron los bebés y los ancianos que requerían cuidados especiales y medicinas que se terminaron rápidamente.

Una vez más, la bronca y la impotencia por sentirse abandonados, fueron los sentimientos que prevalecieron en la espera de soluciones de un conflicto con rehenes que nada tenían que ver frente a un verdadero paro salvaje, carente de la responsabilidad de cada uno de los involucrados y porque se buscó el impacto social como método de reclamo sectorial.