Dos infantes monocigóticos no son iguales, y hasta pueden tener personalidades antípodas. Es absolutamente falsa la hipotética homogeneidad en la naturaleza humana anunciada por Rousseau, pues está en contradicción con los datos más evidentes de la genética, de la fisiología y la psicología. La igualdad de Rousseau es una ficción para uso de demagogos y consumo de frustrados.

Tampoco es verdad que la sociedad institucionalice las desigualdades. Por el contrario, cada sociedad realiza un denodado esfuerzo igualatorio. Por ejemplo, al infante, para ponerlo a la altura de su tiempo, debe ser sometido a un proceso de aprendizaje de los usos y lenguaje de su cultura durante toda su niñez y adolescencia. Sin embargo, este primer e importante proceso igualatorio de copiado de los usos sociales es sólo una etapa preparatoria para que el individuo alcance un fin aún más noble y superior: el de crearse e inventarse a sí mismo.

Este segundo proceso de individuación tiene más que ver con la promoción de desigualdades y de mutaciones personales, que con la igualación del primer proceso preparatorio.

"¿Qué quieres ser?", es la pregunta aparentemente trivial que le hacemos a un niño, pero en realidad en ella late la trascendental y universal convicción de que cada hombre es irrepetible; elabora su propio proyecto de existencia no solamente para sobrevivir, sino también para ofrecer a la sociedad algo nuevo nunca antes visto ni oído.

Ésta es la razón por la que esa pregunta se haya convertido en un ritual familiar. Impulsar sistemáticamente a que el individuo se conozca y descubra algo nuevo dentro de sí y lo desarrolle es un imperativo moral de la sociedad, porque el espíritu creador es el motor más poderoso de la historia.

Los humanos somos, como los simios, animales imitadores. Gracias a este poderoso mecanismo plagiario innato, es que el niño se pone sin mucho esfuerzo a la altura de su tiempo y culmina exitosamente la primera etapa igualatoria de aprendizaje del lenguaje y de los usos sociales.

Pero, ¿qué sucedería si los adultos nos quedásemos en la primera etapa? Permaneceríamos en intenciones puramente imitativas, inmaduras y copiadoras de la niñez, como desear poseer el artefacto que acaba de adquirir el vecino. Lo propio de la madurez es ir más allá de eso, es crearse a sí mismo, asumir e innovar. Ésta es la causa de la aceleración de la historia.

Cabe preguntarse ahora, ¿la educación pública está promoviendo este último proceso? ¿Está fomentando un igualitarismo demagógico, por ejemplo, despilfarrando miles de millones de pesos en netbooks que mayoritariamente son empleadas para entretenimiento? ¿No sería mucho más provechoso equilibrar el empleo de esos fondos informatizando más y mejor a las escuelas (no irresponsablemente a los alumnos) y capacitando más a nuestros docentes para que contribuyan con más eficacia en el crítico proceso de promoción de mutaciones personales y de formación de espíritus superiores?

La gran tarea del humanismo moderno es lograr que la persona sea libre de ser ella misma y que el Estado demagógico no nos empuje a ser un plagio. Pero considerando las pobres políticas nacionales en relación a esta noble meta, lo más factible es que se cumpla en nuestro país el apotegma del poeta romántico Young: "Todos nacemos originales y casi todos morimos copias".

(*) Intérprete, traductor docente inglés-alemán.