�Tanto impactaron los primeros Juegos Olímpicos de Atenas en 1896 que, apenas un año más tarde, la Boston Athletic Association organizó su propia carrera dando lugar a lo que hoy, 116 años más tarde se conoce como el Maratón de Boston, la prueba más antigua de los 42.195 metros.
Siempre organizada el tercer lunes del mes de abril, el maratón de Boston coincide año tras año con la celebración en la ciudad del estado de Massachusetts del Patriot’s Day, una fiesta que conmemora las batallas de Lexington y Concord, las primeras de la “guerra de independencia” estadounidense. Sin embargo, el valor de la prueba va mucho más allá de su historia, pues se ha convertido en una de las grandes a nivel mundial al integrar, junto a Tokio, Londres, Berlín, Chicago y Nueva York, la competencia serial World Marathon Major.
Fue la primera en ampliar la participación a una prueba paralela para los discapacitados en silla de ruedas de la misma forma que, en el año de su centenario, en 1996, superó todos los registros de participación en un maratón con 36.748 atletas en la línea de salida. Sin embargo, la prueba está envuelta por un halo de misticismo como una de las pruebas más bonitas, tal vez porque mantiene la mayor parte de su recorrido original o quizás por la Heartbreak Hill.
A medio camino entre el kilómetro 32 y el 34, los atletas, profesionales o aficionados se encuentran con una subida de cerca de 600 metros conocida como Heartbreak Hill (la colina rompecorazones) que por fin les da una visión panorámica del Downtown de Boston.
Una de las particularidades de esta carrera es que, para ser aceptado, todo corredor debe acreditarse una marca por debajo de los límites que establece la organización. Las marcas para la acreditación pueden ser de una edición anterior del maratón de Boston, de alguna de las otras World Marathon Majors, así como de otros maratones norteamericanos. El maratón es conocido por ser de los más difíciles del mundo por lo sinuoso y montañoso del terreno, el cual es un gran desafío para los runners que consiguen acreditarse. Este maratón no puede ostentar un récord del mundo, porque la norma de validación prohibe que la llegada tenga una altitud menor que la salida. En 2011, el keniano Geoffrey Mutai batió el récord del mundo, que entonces estaba en poder del etíope Haile Gebrselassie (2h03:59). Mutai paró el crono en 2h03:02, 57, pero la marca no fue homologada. Roberta Gibb fue la primera mujer que, en 1966, desafío las políticas de la maratón decidiendo demostrar que una mujer era capaz de correr esas distancias.
