La derruida pared no había podido disimularlo. Lo tenía abrazado a su pecho como una madre a un niño enfermo. Fui a buscarlo, luego de muchos años. Allí estaba, emergiendo de adobes redondeados por el tiempo. La reja aguaitaba hacia el norte, airosa de pura vida. Como trofeo, conservada a su espalda la ventana de roble deshilachado, perfumado de tierra añosa, gris de nostalgias. Como no había nadie por ahí, me detuve y acaricié el hierro retorcido, y me fui con el alma a flor de piel.
Contaba mi padre que antaño, por esa zona, barrio de Valdivia, territorio de guapos que patoteaban en esquinas, pero únicamente a quienes venían a conquistar a las muchachas del lugar, muchas nochecitas de aquellas que cantó don Félix Blanco, se animó a internarse en esos arrabales de Villa del Carril y, con el tiempo, fue más o menos bien tratado por los "guardianes" del lugar, cuando se convencieron de que no venía a quitarles nada sino a compartir la aventura de vivir con amor.
He vuelto varias veces por allí. Suburbio donde las comparsas del barrio homenajeaban el perfume de albahaca; donde la gente humilde se ponía los carnavales al pecho, se vestía de luces, y con una batería de camión tapada por rasos y un estandarte negro tachonado de luces desfilaba nuestros derogados corsos capitalinos al tranquito breve, acompasado por guitarras desafinadas, armónicas pequeñas y quenas caseras hechas con papel de seda.
Tengo en la memoria la melodía de esas marchitas y la imagen de algunos viejitos con trajes brillantes paseando su humildad por el territorio de su legítimo orgullo. Arrabales del Independiente de la gloriosa camiseta roja, mis sueños de infante y la canchita regada a manguera, donde el poquito pasto se abrazaba a la chirquilla y los hormigueros. Territorios cercados por el Sporting Estrella con sus glorias del básquet (los Chisella, Lucio Rodríguez, el chileno Farías, Pagés, Pantaleón Morales, Cubillas y tantos otros); o el Rojinegro del "Tubo Sánchez; o la pequeña fábrica de guitarras del gran "Recortado" Lucero y luego la bicicletería del Payo Matesevach; o más allá la iglesia de Luján y los babys fútbol.
Todo está. Para eso está el corazón, para acunar recuerdos, prolongar leyendas. La ventana cerrada como una ostra terrosa, ha dejado el balcón a la intemperie de los tiempos. Ojalá, quien alguna vez le toque la faena de demoler esa pared para construir su casa, se ilumine del pasado que ella resume y no la toque, la incorpore, a su nuevo hogar, como reliquia, jirón de museo; muchos hemos de agradecerlo. La generosa costumbre de conservar historias bien ganadas, prestigia los pueblos. Hoy he vuelto a pasar por allí, como rito, como ejercicio del alma. Cuando la tarde se acorralaba contra los cerros, yo me alejaba del lugar. Un rasguido dulce de una guitarra se internó prodigiosa en el almíbar del vals: "caminar por tus calles, es todo lo que quiero…"
