La apertura del nuevo Canal de Suez, un ‘regalo de Egipto para el mundo”, según lo calificó el presidente Abdelfatah al Sisi hace un año al inaugurar esta obra faraónica, está lejos de producir el esperado milagro económico y, por el contrario, hay serias dudas sobre la rentabilidad de esta vía marítima que iba a acelerar y mejorar el cruce de Asia a Europa. Nada de esto ha ocurrido y las expectativas mediatas se caen por el estancamiento del comercio mundial.

El nuevo canal de 35 kilómetros paralelo al anterior, y la ampliación de otro tramo de 37 kilómetros del ya existente, permite ahora el paso de naves de gran calado y la reducción las horas de tránsito, pero mantiene un tráfico similar a del viejo cruce. Las previsiones de tener una rentabilidad de 13.000 millones de dólares en 2023 por peaje y turismo ya no se citan ni el el mejor de los sueños, al caer en la cuenta que todo fue publicidad para un gobierno tambaleante. Lo único cierto es la crisis económica generada por la obra, debido al endeudamiento de unos 4000 millones dólares, más 64.000 millones de libras egipcias (7.200 millones de dólares) que los ciudadanos financiaron a través de la compra de bonos públicos.

El nuevo Canal de Suez produjo una cuantiosa caída de las reservas y la devaluación de la moneda egipcia frente al dólar, mientras los economistas, incluyendo los expertos del FMI, advierten que la Autoridad del Canal de Suez ha dejado de publicar los resultados mensuales en dólares de las operaciones y sólo lo hace en libras egipcias desde principios de 2016, para ‘maquillar” los datos irreales. En el resto del mundo los operadores marítimos más optimistas afirman que todo esto es una inversión que debe ser vista a muy largo plazo.