Al repasar sus discursos, sus ideas, sus convicciones, todo bajo un manto claramente apasionado que le imprimía a lo que hacía, es difícil encontrar un semejante en el escenario político de estos días. Lamentablemente, para la Argentina, no es factible nombrar a el o los sucesores de ese estilo de hacer política, mas allá del color partidario.

Está claro que su gobierno fracasó, al margen de las responsabilidades. Pero la adhesión de la gente pareció ir mas allá de su gestión gubernamental en el retorno de la democracia. Porque tal vez perciben que con Alfonsín partió una generación de políticos cuyo objetivo era imponer sus ideas sobre el adversario. No como ahora, donde el objetivo es derrotar al competidor, de cualquier manera y sin importar los argumentos.

La orfandad quedó expuesta con la muerte del hombre de Chascomús: difícilmente se vuelva a ver por las calles a gente llorando y desfilando durante horas en el velatorio…de un político.

Ni Néstor Kirchner, ni Elisa Carrió, ni Julio Cobos, ni Cristina Fernández, ni Eduardo Duhalde, ni Mauricio Macri, ni Hermes Binner, por citar algunos nombres de la diversidad política actual, podrían alcanzar ese peldaño.

Algunas de las premisas que marcaron la época de la cual Alfonsín pudo haber sido el último de sus íconos, tenían que ver con el "consenso", "el diálogo", el "renunciamiento de intereses personales", "el debate de ideas".

Parece extraño que se hagan de esos conceptos aquellos que hoy gobiernan y quienes son oposición, en medio de una campaña electoral feroz, donde el único objetivo es ver de rodillas al contrincante.

"Alfonsín demostró que se puede hacer política y ser decente", se escuchó decir en el velorio del ex presidente, en el Congreso Nacional.

A partir de este hecho, ¿podrá repensarse la dirigencia política vernácula a partir de ciertos valores como el respeto por la Constitución Nacional, por las instituciones, la búsqueda de los consensos en los disensos, los debates sobre los problemas de fondo de la Argentina? Parece utópico.

Ni siquiera el ciudadano común puede asistir a un diálogo maduro entre el oficialismo y la oposición. Por el contrario, es testigo de la permanente disputa de "cartel" en el seno de la oposición, y de "poder", en el ámbito gubernamental.

Quizás sea esperanzador apostar a los jóvenes políticos que están haciendo sus primeras experiencias. El destino del país está atado a la evolución o involución de la dirigencia nacional.