Fue un lindo día. Resumido en un mínimo instante. De esos que a uno le arrancan una sonrisa aunque la mano venga cruzada y las cosas no salgan como se querría. Curiosamente, el paso fugaz del pibe por la vereda de calle Mitre podría haberle cambiado el ánimo a cualquiera que conociera aunque más no fuera una parte mínima de su historia.
La primera y última vez que se habían visto fue en condiciones muy distintas. Uno era la visita. El otro, un interno del Proyecto Juan, la comunidad terapéutica que funciona en una casa de campo en las afueras de Santa Lucía. Un internado para pibes que no tienen manera de salir de la droga por sus propios medios y, orden judicial mediante, son derivados allí.
Por eso, fuera de contexto, al tipo parado en la vereda de calle Mitre le costó descifrar de dónde conocía la cara del pibe que pasaba caminando el mediodía del sábado. Era el mismo chico de 24 años que en diciembre le dio su testimonio en la casona santaluceña. Dijo en aquel momento con toda crudeza: "yo estoy acá porque soy un enfermo adicto, porque tengo una enfermedad que no tiene cura. Que tiene tratamiento pero no tiene cura. Una enfermedad que a las personas nos mata lentamente si no paramos de consumir".
No tiene cura, es verdad. Pero sí una enorme oportunidad de cambiar las cosas y asir aquello que para la mayoría puede parecer ordinario por su cotidianidad: una familia, un trabajo, un grupo de amigos. Todo lo que para un pibe que, siendo preso de la adicción, pareciera un horizonte utópico.
Sin embargo, se puede. Por eso el muchacho logró "egresar" del Proyecto Juan. Consciente de que le queda toda una vida de tratamiento, pero ahora capaz de hacerlo por propia voluntad, sin los barrotes de la apacible casa de campo donde medio centenar de chicos sigue el tratamiento asistido por un gabinete de especialistas.
Martillaban en la mente del tipo, parado sobre la vereda de calle Mitre, las palabras de los chicos del Proyecto Juan. Y alguna declaración de un pibe adicto de Buenos Aires -salió en un informe de TV- que confesó gastar unos 1.000 pesos semanales en droga, para lo cual salía "con el fierro", porque evidentemente no hay economía capaz de solventar semejante ritmo de consumo. O sí la hay.
"Hay muchas personas a las que les puede estar pasando esto, que no hacen sufrir a su familia, que tienen un buen trabajo y tienen toda su vida estructurada. Pero se están drogando, están consumiendo. Tienen su vida estructurada pero se están quitando años de vida", dijo el chico veinteañero en diciembre.
El decidió salir. Puede que le cueste mucho esfuerzo todavía. Seguramente así será. Igualmente, gracias por volver a caminar afuera y convertir un simple momento en un lindo día.
