Todavía debe estar rodando la pelota de cuero con tientos por los potreros de los sueños de todos aquellos que la perseguíamos al atardecer en la canchita de enfrente.

No había otra hora para esa diversión. La mayoría de los del barrio concurríamos a la Secundaria diurna, de modo que llegábamos cuando el Sol ya era de cobre, tomábamos la leche que en el apuro a veces olía a quemada, en taza grande, con tostadas con miel, y a emular a los grandes del fútbol de entonces.

El "Negro” Cano ("Mariscal” para algunos) era el dueño de la pelota. Vivía en una pequeña casilla de un ambiente, anexa a una vivienda lujosa de sus patrones. Su tremenda cuan digna humildad nunca le impidió tener la colección de El Gráfico, que los muchachos íbamos a leer, y la reina de la jornada: la pelota de cuero reparada en las noches con grasa de chancho. Y el "Negro” hacía valer su condición de dueño de la redonda. Corría la cancha de punta a punta y no la entregaba a nadie. Salvo -en algunos casos- a su amigo el "Meco”, si le tocaba tenerlo de compañero.

Caía la noche y nadie podía sacarnos de allí. Ni el policía que enviaban de la Seccional Cuarta, para que, al llegar las sombras, nadie se tentara con alguna actitud dañina en el lugar; pero el hombre, al final, se mezclaba con nosotros en el picadito. Nuestros ojos de adolescencia nos permitían el lujo de seguir la pelota en la oscuridad. Mi madre nos pega su grito, que tiene que repetir varias veces junto a una amenaza, para que retornemos a la casa. Días de carnavales gloriosos revolcados en fragancia de albahaca, papel picado y lanza perfumes y aquella primera juventud que encendía fogatas de junio, que tocaba el cielo en la mirada tímida de ella. De un San Juan que trataba de sacudirse del alma baldíos y ruinas que duraron más de treinta años. Del "viejo de la bolsa” y los veranos que encendían sus noches con las sillas a la vereda. Del kerosenero que nos asistía las primeras cocinas con gasificador. De los braceros y las planchas de hierro. De los pantalones bombilla y las minifaldas pasionales. De la vecinita que salía a barrer la vereda, y en el polvo de la mañanita solía llevarse a empujones mi timidez. Del viento Zonda, siempre el Zonda fatal, que aparecía emponchado de infiernos y dejaba alguien a la vera del camino.

Potreritos hijos del viento y las tardecitas zurcidas de tortolitas de barro; posta cordial de aquello de lo que de algún modo estamos hechos; manchones de luz en los barrios acorralados por el progreso cruel. Potreritos donde los arrabales mixturaban al atardecer una danza de trancadas y goles gloriosos. Lunares de dicha, donde con el pecho henchido y jovial parábamos la Luna llena y, de bolea, la mandábamos a un ángulo donde aún palpita la inocencia en el corazón invicto.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.