"Conviértanse a mí de todo corazón” (Jl 2, 12). El pasado miércoles de ceniza, en la primera lectura, tomada del libro del profeta Joel, hemos escuchado estas palabras con las que Dios invita al pueblo judío a un arrepentimiento sincero, no ficticio. No se trata de una conversión superficial y transitoria, sino de un itinerario espiritual que concierne en profundidad a las actitudes de la conciencia, y supone un sincero propósito de enmienda. El profeta, con el fin de invitar a una penitencia interior, a rasgar el corazón, no las vestiduras (cf. 2, 13), se inspira en la plaga de la invasión de langostas que asoló al pueblo destruyendo los cultivos. Se trata, por tanto, de poner en práctica una actitud de auténtica conversión a Dios -volver a él-, reconociendo su santidad. Esta conversión es posible porque Dios es rico en misericordia y grande en el amor. Su misericordia es regeneradora, que crea en nosotros un corazón puro, renueva por dentro con espíritu firme, devolviéndonos la alegría de la salvación (cf. Sal 50, 14). Como dice el profeta, Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 33, 11). El profeta Joel ordena, en nombre del Señor, que se cree un ambiente penitencial propicio: es necesario tocar la trompeta, convocar la asamblea, despertar las conciencias. El período cuaresmal nos propone este ámbito litúrgico y penitencial: un camino de cuarenta días en el que podamos experimentar de manera eficaz el amor misericordioso de Dios. Hoy resuena para nosotros la llamada: "’Conviértanse a mí de todo corazón”. Hoy somos nosotros quienes recibimos la llamada a convertir nuestro corazón a Dios, siempre conscientes de que no podemos realizar nuestra conversión sólo con nuestras fuerzas, porque es Dios quien nos convierte. Él nos sigue ofreciendo su perdón, invitándonos a volver a él para darnos un corazón nuevo, purificado del mal que lo oprime, para hacernos partícipes de su gozo. Nuestro mundo necesita ser convertido por Dios, necesita su perdón, su amor; necesita un corazón nuevo.
"’Cuídense de no practicar la justicia delante de los hombres para ser vistos” (Mt 6, 1). Jesús, hace una relectura de las tres obras de misericordia fundamentales previstas por la ley de Moisés. La limosna, la oración y el ayuno caracterizan al judío observante de la ley. Con el transcurso del tiempo, estas prescripciones cayeron en el formalismo exterior, o incluso se transformaron en un signo de superioridad. Jesús pone de relieve una tentación común en estas tres obras de misericordia. Cuando se realiza una obra buena, casi por instinto surge el deseo de ser estimados y admirados por la buena acción, es decir, se busca una satisfacción. Y esto, por una parte, nos encierra en nosotros mismos y, por otra, nos hace salir de nosotros mismos, porque vivimos proyectados hacia lo que los demás piensan de nosotros y admiran en nosotros. El Señor Jesús, al proponer de nuevo estas prescripciones, no pide un respeto formal a una ley ajena al hombre, impuesta como una pesada carga por un legislador severo, sino que invita a redescubrir estas tres obras de misericordia viviéndolas de manera más profunda, no por amor propio, sino por amor a Dios, como medios en el camino de conversión a él. Limosna, oración y ayuno: es el camino de la pedagogía divina que nos acompaña, no sólo durante la Cuaresma, hacia el encuentro con el Señor resucitado; un camino que hemos de recorrer sin ostentación, con la certeza de que el Padre celestial sabe leer y ver también en lo secreto de nuestro corazón.
Desde esta perspectiva se comprende también el signo penitencial de la ceniza, que se impuso en la cabeza de cuantos iniciamos con buena voluntad el itinerario cuaresmal. Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: reconozco lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero hecha también a imagen de Dios y destinada a él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia. He aquí el pecado, enfermedad mortal que pronto entró a contaminar la tierra bendita que es el ser humano. Creado a imagen del Santo y del Justo, el hombre perdió su inocencia y ahora sólo puede volver a ser justo gracias a la justicia de Dios, la justicia del amor que -como escribe san Pablo- "’se ha manifestado por medio de la fe en Cristo” (Rm 3, 22). Cuaresma, como gusta señalar al Papa Francisco, es el tiempo fuerte propicio para experimentar la misericordia de Dios, dejándonos "misericordear” por Dios y ser al mismo tiempo mensajeros de esa misericordia que se transforma en un perdón creativo que no tiene en cuenta las ofensas recibidas.
