Elixir de hierbas de anís, agua de colonia, quina o "ungüentos crecepelo" son elaborados aún por los hermanos de Comunidad Hospitalaria San Juan de Dios que regentan la Farmacia Vaticana, una de las mejor surtidas del mundo, y quienes desde 1874 son los enfermeros de los papas.
No es tarea fácil acceder a la botica del Vaticano, los guardias suizos atajan la entrada a cualquier ciudadano no residente en el país más pequeño del mundo.
La Farmacia nada tiene que ver con las antiguas boticas decimonónicas, el Palazzo de Belvedere alberga desde el siglo XIX un establecimiento de medicamentos ahora de alta gama, productos de belleza y homeopáticos, abarrotado hoy por muchos italianos que acuden al centro en busca de fórmulas químicas que no se venden en el país con el aliciente añadido de que no se paga el IVA.
En el establecimiento trabajan nada menos que 50 personas, entre ellos, los cinco hermanos de San Juan de Dios, dos de ellos españoles: el Superior de la Comunidad de San Juan de Dios y director de la Farmacia, el español Rafael Cenizo, de 55 años y natural de Paradas (Sevilla), y el que fuera enfermero papal durante 30 años, Martín Méndez, de 74 años, natural de La Coruña. "Cada día vienen aquí entre 1.000 a 1.200 personas, parte residentes del Vaticano y sus familiares que tienen su propia seguridad social, el llamado Fondo de Asistencia Sanitaria y el resto, italianos", explica el hermano Cenizo. Y es que la botica expide productos que no se encuentran en Italia y basta con que estén autorizados en Estados Unidos o Suiza para que sean puestos a la venta.
Además, "si en un momento no tenemos un compuesto, al día siguiente lo conseguimos", añade el hermano sevillano.
La botica está al servicio de los habitantes del Vaticano las 24 horas del día por si un médico pide algo para un cardenal, obispo, monja o guardia", relata. Y no sólo asiste a los habitantes del Estado papal, sino que despacha medicinas a todas las Nunciaturas Apostólicas del mundo "porque las hay en regiones en Africa o América del Sur que requieren asistencia farmacológica".
Uno de los hermanos, el polaco Eligiusz Mucha, asiste discretamente a todas las audiencias públicas y privadas del Pontífice y hoy se encuentra en Castengaldonfo, donde el papa teólogo reposa durante el estío.
En la casa de la comunidad, Elisa, la cocinera italiana experta en paellas gracias a la impronta española, prepara el almuerzo para los hermanos: sopa minestrone y pastel de verduras al horno.
Huele a limpio y a recoleta austeridad religiosa; una humilde capilla presidida por un Cristo bizantino recoge a las siete de la mañana a los cinco hermanos vestidos con hábito que luego cambian por impolutas batas blancas.
Al hermano Miguel Angel Muccina, un hombretón de 50 años y natural de Buenos Aires, cuando se le pregunta qué producto es el más demandado por monjas, obispos y cardenales no duda en responder: "desde luego, las cremas de protección solar".
