El miércoles pasado hemos celebrado la memoria de una santa francesa por quien siento una predilección especial: Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz. Nació en Alençon el 2 de enero de 1873 y murió en Lisieux el 30 de septiembre de 1897. Al Papa Francisco le gustaba distribuir tres estampas cuando uno lo iba a visitar: la de la Virgen Desatanudos, San José y la de Santa Teresita. Cada vez que visito Lisieux y su casa de "Les Buissonnets” me emociono hasta las lágrimas pensando que esa pequeña, la última de cinco hermanas, quedó sin su madre tan sólo a los cinco años. Cuando tenía nueve años, su hermana, que era para ella su "segunda mamá”, entró como carmelita en el monasterio de la ciudad. Nuevamente Teresa sufrió mucho. Su vida se caracterizó por la sencillez, la humildad y la confianza. Tres pilares claves. El 19 de mayo de 1897 escribió un poema para María Enriqueta, que había sido priora del Carmelo de París, titulado "Una rosa deshojada”. La verdad es que pocos místicos han llegado tan lejos como Teresita, minada por la tuberculosis, en el límite de sus fuerzas, y que ofrece su "nada” arrojándose a los pies de Jesús en un acto de amor puro y total. Así la descubrimos en estos versos: no pide nada, se entrega por entero. Día a día va perdiendo sus fuerzas y su vida se va disolviendo como una rosa que se deshoja. Cada pétalo quiere ser sólo dulzura para que se apoyen en él los "piecitos” del Niño Jesús y las "últimas pisadas” del Varón de Dolores.

El símbolo de la rosa deshojada surge aquí con toda su patética belleza y con la autenticidad de lo vivido. Teresita ya no sueña siquiera con entregarse a Jesús, sino con deshojarse bajo sus pasos, con morir disolviéndose. La rosa en su esplendor puede embellecer una fiesta. En cambio, a la rosa que se deshoja, se la tira y arroja "al capricho del viento”, marchitándose. Ella anhela ser esa rosa, es decir, nada. Escribe así su poema: "Jesús, cuando te veo que abandonas los brazos de tu Madre, y tenido por ella, ensayas, vacilante, por nuestra triste tierra tus indecisos y primeros pasos, yo quisiera ir delante deshojando una rosa blanca y fresca, y así tu piececito posaría muy suave y dulcemente sobre una flor. La rosa deshojada ¡oh mi Niño divino!, es la más fiel imagen del corazón que quiere a cada instante por tu amor inmolarse eternamente. Hay muchas rosas frescas que gustan brillar en tus altares y se entregan a ti. Más yo anhelo otra cosa: deshojarme…La rosa en su esplendor puede, mi Niño, embellecer tu fiesta. A la rosa en deshoje se la olvida, se la tira y arroja al capricho del viento. La rosa, deshojándose, se entrega a cada instante con ansia de no ser. Como ella, quiero yo buscar mi dicha dándome, mi Jesús, del todo a ti. Se pasa sobre pétalos de rosa deshojada, y se pisan sin pena. Y esos muertos despojos son un simple ornamento, dispuestos al azar, sin arte y sin estudio, lo comprendo…Yo prodigué mi vida, prodigué mi futuro por tu amor ¡Oh Jesús! A los ojos profanos de los hombres, como rosa marchita para siempre un día moriré. Más moriré por ti ¡oh Niño mío, hermosura suprema! ¡Oh suerte venturosa! Deshojándome quiero demostrarte mi amor, ¡oh, mi tesoro! A zaga de tus pasos infantiles, escondida vivir quiero aquí abajo. Y aún suavizar quisiera tus últimas pisadas camino al Calvario…”.

Desde el amor, la aparente inutilidad de su existencia se convierte en mirada, regalo, ofrenda. Cada minuto es para ella una ocasión de seguir fiel en la donación de sí misma, en abandono total, sin buscar más que permanecer fiel. Los gestos más pequeños, la aparente inutilidad de lo cotidiano, son espacios inapreciables para Teresita porque en ellos, sin que nadie lo perciba, puede ir ella derramando el inmenso amor que la habita. Como una rosa deshojada, no tiene más deseo que deshacerse, oculta a los ojos de todos, sin esperar nada ni siquiera del Amado. Nada importa sino darse por amor y como amor para responder al Amor que la envuelve y la sostiene. Una rosa deshojada se convierte en fiel imagen de un corazón que se ofrece enteramente a Cristo, al Amor. Una rosa deshojada… "Como ella me abandono a ti, pequeño Jesús”, canta Teresa. Abandono es dejar que Él conduzca nuestra existencia, dejar que Él disponga de toda nuestra persona, pasando por las mil pequeñas, o grandes, pasividades que nos trae la vida, sin perder la sonrisa, la confianza. No hay desperdicio para el amor. Por Jesús ha vivido y "por ti debo morir, qué felicidad”. No hay un para qué, sino el por qué más fuerte que puede mover el mundo: por amor al Amor.