A plena siesta, la gigante carpa azul dormita bajo los abrazadores rayos del Sol sanjuanino. Los ensayos fueron por la noche o durante la mañana, y ahora el ruido es escaso. La mayoría de los habitantes del seductor barrio rodante descansa en sus casillas, mientras los ocasionales transeúntes pispean curiosos. Otros aprovechan para pasear un poco. Pero la postal va cambiando cuando se acerca la hora de la función.
Aunque no el único, las caras maquilladas son un indicio. Desde los payasos hasta las bailarinas -que hasta entonces pasaban inadvertidos en jean y remera- comienzan a transformarse. Algunos lo hacen en sus habitáculos, pero los toques finales siempre son en los dos trailers que -a modo de camarines, uno para cada sexo- están apostados detrás del escenario. Brillos, plumas y mucho color salen a la luz. Y música. Una acróbata se calza el maillot mientras la bailarina retoca el maquillaje y el modisto supervisa los tocados. Pegadito al telón, el "hombre de goma" precalienta, mientras los payasos se calzan sus grandes zapatos. En medio de las corridas, dos nenitas con el circo en la sangre juegan como en el patio de su casa.
No hay nervios (o no se notan), pero sí mucha concentración. Cada artista atiende su juego y como en un mecanismo de relojería, van apareciendo justo a tiempo. La mayoría tiene más de un rol, por eso, luego de los aplausos, vuelve a cambiarse. Los que pueden se toman un recreo hasta el saludo final, donde todos deben lucir impecables para despedirse del público. Saludo, trajes afuera y a seguir con sus vidas, hasta que el show vuelva a comenzar.
A escasos metros de ellos, grandes y chicos van abandonando la gran carpa azul. Se llevan mucho más que la clásica fotito o el juguete luminoso. Se llevan un recuerdo cargado de sonrisas, impacto y belleza: los simpáticos payasos -tan bien ataviados ellos-, esos cuerpos haciendo maravillas en el aire, la adrenalina de las motos en la esfera, la destreza de los malabaristas, la envidiable plasticidad de los contorsionistas, la habilidad del lanza cuchillos (y la valentía de su compañera), y el vértigo de la hamaca rusa o del muchacho que -también sin red ni arneses- trepa como gato por el péndulo de la muerte. Afuera del circo, allí donde habitan los simples mortales, la magia continuará tal vez para siempre.
