No se puede imaginar una buena comida mejicana sin un buen vino al lado para acompañar sus intensos sabores. Es un matrimonio ideal. Sus fuertes condimentos, su textura y consistencia hacen pensar de inmediato en un Syrah o un Cabernet Sauvignon criado en barricas de roble francés. Claro está que los productos mejicanos son "calientes", sin ir más lejos no hace falta más que hablar del Tequila, su destilado tradicional elaborado con ágave azul, que también acompaña sus comidas. Podríamos decir que este es el momento ideal para sendas bebidas nacionales.

Pero empecemos por los vinos, y vaya esto como un dato de aquel país que durante siglos de colonia española tuvo vedada la posibilidad de elaborar vinos para que no compitieran con los suyos. Recién en los últimos tiempos han comenzado con una elaboración de calidad de estos productos que son muy valorados al momento de beberlos.

Se pueden elegir desde blancos secos con cuerpo y estructura hasta algunos muy aromáticos como el Torrontés para acompañar los tacos o chiles rellenos para refrescar el paladar ante tanto condimento, incluso las costillas de cerdo con frijoles y arroz.

Para quienes prefieren los tintos, deberán elegir aquellos de gran cuerpo como un buen Syrah, Cabernet Sauvignon o Bonarda de crianza que son robustos e intensos en boca.

Gracias a sus particularidades este tipo de comida puede tener múltiples opciones. Un verdadero banquete para quienes gustan de la buena comida y bebida.

No obstante -nobleza obliga-, no se puede dejar de hablar de su bebida típica: el tequila. Un producto único en el mundo ya que su origen, su producción y técnica, constituyen un verdadero ritual. Es un aguardiente de gran riqueza aromática y muy gustoso, que se ha ido imponiendo, en el mundo y es su bebida nacional.

Se elabora con la planta de ágave azul (planta no exclusiva de México), pero sí es la más identificada con su cultura. Esta bebida se viene elaborando desde hace unos cuatro siglos. Hay una leyenda que cuenta que en una calurosa tarde de verano, cayó un potente rayo sobre una planta de ágave, éste hizo que se cociera y fermentara dando lugar a un aromático y poderoso néctar que los habitantes de entonces interpretaron como un milagro de los dioses.

Hay varios tipos de tequila, el blanco que es verdaderamente fuerte y quizás el más puro o genuino; el añejo, con un gran sabor a madera, ya que se madura como mínimo un año en barrica. Su color es un poco más oscuro y su sabor es más suave.

En tercer lugar está el conocido como "reposado", que tiene un ligero toque de madera, un mínimo reposo de dos meses en barrica y es mucho más suave que el blanco. A éste le sigue el tequila joven que es el resultado de una mezcla de tequilas, al cual se le añaden aromas y colores que reducen las asperezas típicas del tequila sin envejecer. No llega ni siquiera a reposar más de 60 días.

Los expertos dicen que el tequila no se debe tomar de un solo trago, sino hay que dejar que el licor entre en contacto con la punta de la lengua, que se deslice por las papilas gustativas e inunde el paladar.

También cuentan los degustadores de tequila que es un error tomarlo con sal y limón, una costumbre extendida por todo el planeta, porque esto desvirtúa sus sabores. Esta modalidad sólo debería ser usada cuando está muy fuerte para que baje y refresque, pero no aplicada a todos los casos.

Como el vino, se aprecia su color, sus aromas y sus sabores, los hay cortos de nariz (son los más jóvenes), los de larga nariz (varios años de reposo). Lo mismo en boca, se aprecia su estructura y todas las sensaciones táctiles. Un detalle importante es que antes de degustarlo se debe dejar unos cinco minutos para que repose y no predomine solo el alcohol.

Para conocer su cuerpo se agita levemente para que se impregne en las paredes de la copa, de preferencia la de tipo cognac, y se observe el aceite natural del ágave, que se desliza por sus paredes y se denominan "piernas"( como en el vino).

Luego se lleva un sorbo a la boca durante algunos segundos, mientras la punta de la lengua toca el paladar a fin de dar mejor espacio a las papilas gustativas; inmediatamente después se inhala por la nariz manteniendo el trago y sólo después, se pasa por la garganta y, cuando va cayendo por el esófago, se debe exhalar lentamente el aire por la boca. Así se reconocerá su sabor, cuerpo, buqué y consistencia.