Hoy, más que nunca por ser preciso y oportuno, cuando se enlazan algunos países del territorio Sur latinoamericano con el propósito de transitar un mismo camino, resulta imperioso convenir la visión continentalista integradora de una realidad nueva que indefectiblemente fuerce un universalismo que contenga a toda la humanidad, convocante a construir un derrotero común en cuya perspectiva se inscriba al sujeto productor de la historia -el hombre-, reconociéndole en su elevada dignidad como persona humana.
Los pobladores del planeta, donde sea que habiten, no pueden dejar de reconocerse en sí mismos cuando se plantean aparearse fraternalmente al destino histórico, que adquiere su verdadera dimensión cuando es capaz de descubrirse en su identidad nutrida por el tiempo que le otorgó su esencia cultural instalándole ante el presente que lo articula en la relación con su comunidad, y como tal, con otras comunidades para asirse al devenir en correspondencia con el pueblo propio y con los demás pueblos de la esférica figura celeste del universo que le reclama, desde el precepto, vislumbrarse venturosa como tierra de la vida y no de la marginación ni de la muerte. Al tratarse de la integración paulatina de los pueblos, es una cuestión de los Estados a través de las conducciones de las naciones partes, que deben señalar el sendero hacia los objetivos trascendentes acompañando desde esos niveles la congruencia del predicamento que contribuya a su orientación y comprensión.
No es la exposición de un hecho cualquiera sino de un proceso reclamado en la voz imperecedera de nuestros líderes americanos que generó héroes y mártires en una lucha que fue cruenta, pero que ya pasó. Lo que no podemos hacer es seguir matándonos entre nosotros ni enfrentándonos desde los países. El imperativo de la hora exige ocupar la energía en una etapa nueva, también trascendente.
En medio de un mundo colmado de turbulencias, asistimos a presenciar la que puede ser la última década de la iniquidad, que ha sido peor que la anarquía porque en ella han fluido sociedades sin proyectos, de pensamientos sin objeto. En ese irracionalismo nihilista el hombre bajó su mirada en lugar de elevarla y desdeñó en ese cambio sustancial la posibilidad de seguir aferrado a su espiritualidad. En este fatalismo terminal de un tiempo demasiado aciago, la insensatez se adueñó de la vida a la par de una evolución que ha hecho perder al hombre su ubicuidad, y en la vorágine que cambia velozmente los instantes se erigió el atentado al orden natural cual si fuese el signo hidalgo de la época. De esta guerra despiadada la humanidad no puede volver, porque esta guerra sin cuartel le ha debilitado en su cimiente más profunda, aquella donde alberga la protección de los valores del ser. Hoy, el orbe ha comenzado a manifestarse contra ese infortunio que circunda el espacio planetario.
Desde un extremo al otro, el hombre de acá o de allí, ya no tolera la desgracia que él mismo genera porque en su procreación se le escapa de la mano lo que más ama y que son sus hijos. En esa reflexión anhela un futuro mejor para ellos, al menos, mejor que el presente ignominioso que vive. Sabe que la lucha contra el mal enquistado en las más variadas formas no se combate en soledad sino con el concurso organizado de los pueblos.
Latinoamérica espera ansiosa la gran convocatoria que esgrima el pensamiento de quienes regaron de libertad su suelo emancipado. Latinoamérica intuye que ha llegado la hora de ser protagonista de un nuevo modo y calidad de participación, porque los pueblos del sur de este espacio victorioso, se siente históricamente persuadido de que su continentalismo comienza con la integración de pueblos que hablan un mismo idioma y rezan al mismo Dios. No es en bloques parciales como construiremos el camino grande hacia el universalismo, sino que lo haremos si somos capaces de resolver la unidad del continente americano. Sólo así podremos superar la concepción perversa, materialista y atea que ha uniformado a un mundo que gira en torno a la moneda de cambio.
La globalización de los nuevos tiempos, pergeñada y dirigida perversamente desde la manipulación del poder en sus distintas formas y ofertas, ha confundido al hombre al punto extremadamente grave de sumirlo en la inercia declinante que lo transforma en criatura dependiente de instrumentos novísimos que le deshumanizan y equivocan en sus fines. El ser llamado hombre no es un instrumento rentista sino una dignidad en constante forcejeo, que sufre y se desnaturaliza en medio de una globalización que en lugar de permitirle la unión consciente y voluntaria con sus congéneres, le presiona y tiende un cepo que neutraliza su creada dimensión para uniformarle cruelmente en sujeción absurda a la existencia.
"Los pueblos siempre confían en quienes tienen la gracia de conducir las naciones y esperan con mansedumbre el asomo de la luz".
