La ola de episodios violentos mortifica el pulso del país y se tradujo en alarmantes actos delictivos de toda especie. Los periódicos oscurecen sus páginas con el relato de dramáticos hechos e imágenes. Cada nota gráfica visualiza en las primeras planas el duro reinado de la violencia, un fervor bélico que no desconocemos, flamea entre manifestaciones, cortes de rutas, actos de protesta etc. Los locutores radiales y televisivos trasuntan en sus voces y con sus gestos lo que nos está sucediendo. Sociólogos políticos y autoridades aportan y contribuyen con posibles soluciones disímiles; pero coinciden en buscar la clave del proceso en esferas próximas a factores sociales, ideológicos y económicos.
Sin duda alguna lo enunciado tiene una causal inesperada el exceso de adrenalina colectiva, la necesidad de aliviar esa carga mediante una multitudinaria iracundia al aire libre. Desde esta perspectiva pareciera que los países se contagian y se enferman. El nuestro está enfermo. Esta frase adquirió plena ciudadanía. Sirve para rotular un malestar imposible de imaginar y define adecuadamente las tensiones y ,las extremas expectativas en las gentes de hoy, una mezcla de ansiedad y miedo, desequilibrio y enajenación que viajan al dorso del término "estrés”.
Una minuciosa compilación de personas y casos, el análisis exhaustivo de causas y efectos que lo provocan servirá para comprobar que el "estrés” puede generar reacciones extrañas según los especialistas: la amenaza de un peligro puede más que miedo, y descarga "algo” que no paraliza a la persona, sino que la exalta y la predispone a enfrentar mayores riesgos, a canalizar por otras vías, todos los frutos cosechados en su corrosivo estado de tensión.
Pero la civilización regla su conducta, reprime ese desahogo y la violencia inicial transforma al vehemente en una víctima de su propio organismo. Esta alternativa que sucede en la esfera individual se traslada a la colectiva, y los países sufren un proceso parecido.
El "estrés” devora a los países no sólo cuando ocurren violencias callejeras, sino cuando se registran hechos que, aunque insertos en una órbita individual, evidencian rasgos tan anormales como para servir de espejo a las tensiones colectivas.
