Un salto para las fotos, de entrada. Una cuesta bien empinada para subir e inmediatamente otra para bajar. Luego se perdían detrás de los cerros para aparecer de repente en lo alto y se ‘descolgaban’ como niños que se le animan al tobogán más grande del mundo. Curvas y contracurvas para llegar a otro momento predilecto por la gente, cuando tenían que trepar una nueva loma con la obligación de llegar a la cima o un golpe era inevitable. Desfilaban por la cornisa y desaparecían otra vez para ‘retornar’ 20 segundos más tarde, como si fuera un truco de magia, por un zanjón y hacer el último derrape en una curva de 180 grados para llegar a la línea de meta.
El escenario de la modalidad ‘Extremo’ fue la nota destacada de un sábado histórico en San Juan por la presentación del Mundial de Enduro. De los tres circuitos que recorrieron los 150 pilotos inscriptos, este de 1.500 metros de extensión fue el favorito de la gente. Con 4.000 personas que se acercaron hasta el autódromo ‘El Zonda-Copello’ el asombro fue el común denominador. La habilidad de los primeros pilotos para recorrer tan intrincado circuito era el sello para recordar que indudablemente estaban ahí los mejores del planeta en este deporte. Con menos de 3 minutos arriba de las motos para completar la vuelta, despertaban la impresión que toda la vida habían corrido ahí. Como si conocieran piedra por piedra de ese suelo que en realidad era la primera vez para todos. Así, el español Cervantes, el finlandés Salminem, el francés Meo o el británico Knight, entre otros, despertaban admiración por tamaña demostración de destreza. Luego, cuando llegaba el paso de la segunda mitad del pelotón y llegaban los ‘mortales’ la gente se transformaba. Arengas y alientos para los enduristas, entre ellos los sanjuaninos, que sufrían caídas, duras caídas.
El locutor, que anunciaba la partida de cada competidor (salían con 30” de diferencia) tuvo que repetir varias veces que la gente no socorriera a los que debían subirse otra vez a la moto en medio de una cuesta, porque significaría la descalificación del competidor. Así, eran gritos de apoyo para dar fuerzas extras. Hasta que llegó la máxima ovación. En las huellas ya marcadas como surcos apareció el cordobés Pablo Cid, con su Suzuki DR 350, modelo ‘91. Era el protagonista del sueño del pibe hecho realidad. Se cayó y levantó varias veces. Agotado, sabiendo que no podría seguir, decidió parar para estrechar manos que pasaban por arriba de la línea de demarcación. Se fue despedido con más aplausos y no pasaron 10 minutos, que otra vez estaba en la línea de partida el finlandés Salminem, quien venía de completar la vuelta en los otros dos circuitos. Era el turno del segundo de los tres giros que debían dar todos. Los surcos ya eran cicatrices. ¿Podrían estas estrellas volver a andar como si fuese un paseo por el campo? Y sí, subían y bajaban por pendientes ante ojos que no podían creer que lo hicieran con tanta naturalidad. La película no se repetía, seguía mostrando su magia.

