Mis primeros recuerdos con respecto a Antonio Matesevach -perdón, El Payo- se remontan a 1972, en el cruce de calles 5 y Lemos, por donde transitó la Mendoza- San Juan. Había tanta gente en la calle que mis, por entonces, nueve años entendían poco de qué se trataba. En un instante se escuchó un murmullo que se transformó en alarido. En la cabeza del pelotón, que luego ya mayor me enteré, que perseguía a un quinteto fugado, iba la figura de ese hombre rubio que provocó la explosión. “¡Ahí va el Payo!”, decían los mayores y señalaban con el dedo a ese grupo de pedalistas que pasaron como una exhalación.
Después, en la juventud, en mis primeros años dentro del periodismo conocí un poco más a ese hombre que accedía sin ningún vedetismo a cualquier requisitoria. Luego, ya maduro y con la misión de hacer un programa de televisión para que él contara su vida, aprendí a valorar más allá de lo deportivo a una persona generosa, gentil y sufrida. Que libró sus batallas con la vida siempre con la frente alta. Que nunca tuvo actitudes altisonantes aún en la injusticia de no haber recibido el reconocimiento, traducido en un seguro, que merecía por aquella fatídica jornada del 16 de junio de 1967 cuando un automovilista canadiense lo revoleó por los aires y puso en jaque su vida y su campaña deportiva.
Hablar del Payo con resultados sería sencillo. Ganó casi todo. Le faltó un campeonato argentino. Pero a la hora del balance importa poco, porque aunque no quede su nombre en la estadística nacional, su recuerdo seguirá vivo en la memoria colectiva de todos los que aman al ciclismo.
Perdió, tal vez, los mejores años de su vida profesional, de los 22 a los 27. Retornó en aquella Mendoza-San Juan usando un zapato con una suela de cuatro centímetros que equiparaban el largo de sus piernas, porque luego de 13 operaciones la derecha había quedado más corta. Volvió por sus fueros, ya no tenía el cabello corto con el que ganó la Doble Media Agua y la Doble Calingasta del ‘67. Ahora lucía una larga cabellera rubia. Atrás quedó la amargura por no correr esos Panamericanos, ni el Mundial de Holanda y los Juegos Olímpicos de México ‘68. Por delante, con la cara al viento, quedaban muchas carreras, que afrontó con la fuerza de aquellos predestinados para tenerlo todo y que por esas cosas de la vida casi se quedaron sin nada.

