Brasil, 6 de julio.- "Se los digo a todos, estoy cansado de comer mierda, quiero felicidad para los que nos quieren y para todos. Salgamos a jugar el partido de nuestras vidas".
Determinadas arengas tienen la magia de condensar en un instante lo vivido en semanas, meses, años. La que detonó en la voz de Javier Mascherano antes del partido, en el vestuario, era esperada por más de 24 años de historias cargadas de luchas, sinsabores e ilusiones recicladas una y otra vez en los mundiales. Masche y sus compañeros tenían por delante la gran y compleja trama de devolver a la selección argentina a la mesa de los mejores en una Copa del Mundo. La escena, que movilizó las piernas de varios, concluyó con un enérgico "¡Vamos carajo!", lanzado por el capitán del equipo, Lionel Messi, que tras el partido terminó en la cancha abrazado y ovacionado por todos, emocionado y con los brazos en alto en complicidad con un público argentino que volvió a rendirse a sus pies en esta ciudad.
Pudo ser un capítulo más, se convirtió en uno inolvidable para este grupo de jugadores. Apenas el árbitro Nicola Rizzoli marcó el final del partido ante Bélgica, los cuerpos de los jugadores argentinos se desplomaron en el césped. Pero cuando volvieron del sueño, se sacaron las camisetas y comenzaron a festejar con los hinchas argentinos de gargantas calientes. Las lágrimas de muchos se perdían en el horizonte, confundidas entre decenas de brazos que apuntaban al cielo. Entre gritos y saltos, recuerdos de frustraciones y desahogo con cierre feliz, los jugadores del seleccionado, gestores principales de una tarde eufórica, no cesaban de cantar un himno que estalló inevitable: "Brasil decime que se siente…".
Se tiñe la tarde de felicidad. Una, dos, tres… incontable cantidad de selfies para inmortalizar un momento único. Pero hubo un instante que silenció el vestuario y fue cuando Ángel Di María tuvo la confirmación de que su lesión era un desgarro en la cara anterior del muslo derecho, que lo dejará afuera del Mundial. Entonces todo el plantel estuvo a su lado y Fideo se quebró, sin consuelo. Salió del vestuario con lágrimas y sin poder hacer declaraciones por su estado de conmoción. "Se trata de una lesión muy costosa, porque Di María es vital para nosotros", mencionó el DT Sabella.
Los rostros felices de los jugadores argentinos marcaron la continuidad de un sueño. El equipo alcanzó el objetivo de "mínima" que trajo a tierra brasileña. En el cuerpo técnico se vio un festejo de puños apretados que mantiene la ilusión de la vuelta olímpica. Abrazos compartidos por el éxtasis del triunfo.
Hubo escenas para todos los gustos: Mascherano de rodillas. Demichelis llorando. El Pocho Lavezzi saltando a más no poder. Sabella metiéndose en el vestuario. La montonera en la mitad de la cancha. Y Messi, viviendo un Mundial espectacular, como un hincha más, con la cinta en la mano izquierda, cantando "Es un sentimiento, no puedo parar". Nadie paraba de festejar.
