Nervios. Ansiedad. Llámelo como usted quiera. Sólo que hay algo diferente entre las personas. Algo que este grupo de chicas argentinas sintió y que, armándose de coraje, enfrentó con ese amor propio que las distingue. Vinieron acá con una obsesión: recuperar la corona que habían ganado por última vez en Alcobendas, España, allá por el 2010. Y que dos años después no pudieron defender por problemas externos e incluso teniendo un séptimo puesto en el Mundial pasado que rozó el papelón. Entonces, de nuevo en el escenario, les quedó soñar con reconquistar el título del mundo. Y así lo hicieron. Ganando el Campeonato de “pe a pa”. Dejando en claro que ellas nunca tendrían que haber perdido lo que con tanto esfuerzo supieron ganar alguna vez.
Acá, en la lejana Tourcoing francesa, le hicieron frente a todo. Y en la final nada menos que al equipo local. Al campeón del mundo hasta ese momento. A la Selección que contó con un aliento espectacular de su gente. Por eso son merecedoras de todos los elogios que puedan venir.
Fue después de un trabajo notable y organizado que empezó hace más de un año. Que esta vez tuvo plena colaboración dirigencial. Al mando de un técnico obsesivo, pragmático e inteligente como el Negro Otiñano. Y peleando el puesto en cada entrenamiento en la previa del Mundial. No hay que olvidarse un dato muy especial que marca lo exhaustivo del proyecto pues la preparación comenzó hace diez meses, contando en ese arranque con 50 jugadoras preseleccionadas, que luego de diversas concentraciones y entrenamientos, decantaron en la decena que puso a Las Aguilas en lo más alto del planeta.
Por eso no extrañan las lágrimas de ayer una vez que terminó la final. Los abrazos. El delirio total. Tampoco el relajamiento después de haber conseguido lo que ellas soñaron. “Las personas que son fieles a sus convicciones, siempre logran los objetivos que se proponen”. Y éste grupo fue así. Trabajando con seriedad y dedicación. Jugando con orden, disciplina y equilibrio. Y gozando como grupo, tal cual debe ser. Porque aquí fue “todas para una y una para todas”. Verdaderas gladiadoras, como se dice habitualmente.
Si hasta pensaron en el mínimo detalle. Llegaron a Francia cinco días antes, pero hubo una razón. Clínicamente es recomendable cumplir un día por hora de diferencia. Y la diferencia entre ambos continentes era de cinco horas (ahora son cuatro).
Trabajaron y trabajaron. Se esforzaron siempre. Y la disfrutaron. Porque para que todo lo anterior suceda al tema se lo debe tomar con alegría. Con esperanzas. Y así fue. Porque arrancaron con una goleada completamente impensada pero a todas luces justiciera- sobre el siempre temible España. Regularon fuerzas después ante dos adversarios inferiores (Japón y Sudáfrica). Si hasta se movieron más de la cuenta para que las goleadas no resultasen humillantes para las débiles rivales.
Y, después, cuando llegó la etapa dura del Campeonato, volvieron a apretar los dientes y sacaron a flote partidos duros. Complicados. Que le hacen difíciles a cualquiera. Le ganaron con autoridad a la revelación del torneo (Italia). Hicieron valer su potencial ante otro durísimo rival como Alemania en semifinales. Y se comieron la frutilla del postre en la mismísima final, ganándole al local Francia.
¿Para qué más? ¿Porqué menos? Si ellas fueron fieles a sus convicciones y acá, en Tourcoing, gritaron ¡¡¡campeonas!!! Sí chicas, son campeonas. ¿Y saben qué? Son las dueñas del mundo…

