La elocuencia que emana de Sergio Martínez cada vez que formula declaraciones públicas podría conducir al descomunal error de creer que se trata apenas de un buen boxeador con delirios de grandeza.
Después de todo, ¿qué es el boxeo y qué son los boxeadores sino expresiones de singular desmesura?
No hay deporte sin épica, no hay boxeo sin épica, ergo, no hay boxeo sin drama y por añadidura no hay manera de transitar ese drama sin que sus protagonistas escriban su propio guión heroico y pugnen por ejecutarlo a como dé lugar.
O, en todo caso, pugnen por ejecutarlo hasta donde se los permitan sus destrezas y las circunstancias.
Desde cierta perspectiva, que un boxeador se sienta el mejor no sólo es comprensible: también es indispensable.
Indispensable para afrontar un oficio sacrificado como pocos e indispensable para subirse al ring y actualizar la brutal metáfora del boxeo agonista de tiempos remotos, el de los guerreros que combatían hasta morir.
Pues bien, Sergio Martínez, "Maravilla" Martínez, es capaz de encarnar estas fantasmáticas con una extraordinaria nitidez.
Y, además, o sobre todo, se siente invencible, o por ahí.
De allí que cada vez que lo convocan a hablar del tema dice que quiere ser el mejor boxeador del planeta, el mejor libra por libra, y que no ve la hora de sacarse las ganas con Manny Pacquiao y Floyd Mayweather.
Entretanto, y he aquí, el dato primordial, el quilmeño refrenda sus dichos en la fragua misma donde las palabras no cuentan.
Es en el cuadrilátero, aquí y allá, ora en mediano junior, ora en mediano, y desde hace unos cuantos años, donde Martínez consuma una admirable correspondencia entre lo que promete y lo que hace.
"Maravilla" habla muy bien y boxea muy bien, "Maravilla" habla sensiblemente más florido que la enorme mayoría de sus colegas y boxea sensiblemente mejor que casi todos.
Por eso, cuando jura que está presto a subirse al cielo de su cielo, nada más lejos que deducir la presencia de un charlatán; más bien cabe deducir la presencia de un boxeador de los que escriben historia grande, de un convencido notable, de un notable convencedor.
