Bajar a uno de los candidatos no era un partido más. Sin margen de error a esta altura del juego para San Martín, cada movimiento debe ser de ajedrez y Forestello decidió asumir los riesgos. Mirar para adentro fue premisa y como antes se la jugó con Nicolás Pelaitay, ahora apostó todo a la frescura juvenil de Lucas Salas (18 años). Lo disfrazó de volante por la derecha, le entregó trabajo en la contención, lo acomodó para laburar del medio hacia atrás y hacia adelante pero sin coartarle libertades propias de su esencia. Lucas le respondió. Entró con enorme convicción y en la primera dividida que tuvo con Maxi Velázquez no se achicó. Puso y reclamó el lateral. Esa primera señal que entregó, dejó muy claro que el cambio de Salas era uno de los aciertos de San Martín ante Lanús. Luego, Lucas se fue soltando. Empezó a buscar a Luna como socio para tratar de tener la pelota y por momentos se convirtió en la salida clara y necesaria para Afranchino y Alarcón. Se mostró mucho. Armó dos o tres contras con mucho atrevimiento y le sobró categoría para habilitar a Riaño en el tercer gol sanjuanino. La pidió en la derecha, amagó el pase a Alvarez, enganchó en diagonal, dejó dos rivales, cambió de pierna y metió el pase para la mediavuelta del cordobés. Todo lo que el manual del volante ofensivo indica. Una auténtica muestra del coraje futbolístico para hacer cosas de niño en un partido de hombres.

