¡Qué mal que llega River! ¡Y qué mal que llega Boca! Los dos grandes están más abajo que muchos chicos en este Apertura del fútbol de AFA. Como renegando a su historia. Mucho más lejos de lo que sus siempre fieles seguidores se podían imaginar. Esta vez ni siquiera con la excusa de estar jugando (o haber jugado) alguna de las Copas Internacionales (Libertadores y Sudamericana).

¿Cómo puede vivirse entonces toda una semana en la previa del partido que los dos sueñan jugar más que ninguno? Decir apáticos sería mentir. Porque el gustito del superclásico es único. Así lo vive la gente. A puro sentimiento. A pura apuesta. Afirmándose, lógico, en la historia. En el pasado. En los choques imborrables para la memoria. En los jugadores símbolos que ya no están. Es, sencillamente, el folclore nacional.

Porque si es por presente, éste será el superclásico de las necesidades compartidas por ganar para salir de ese pozo increíble en el que han caído sus grandezas.

El del martes 16, porque encima esta vez habrá que esperar más de esa semana previa, será un punto de inflexión para alguno de los sufridos técnicos. Porque ni Borghi, en Boca, ni Cappa, en River, han logrado concretar lo que soñaban cuando desembarcaron en sus equipos. Y en este fútbol resultadista que nos domina a ninguno de ellos van a esperar. El que pierde, seguro que se va.

Y, afirmarse en ídolos, es casi como cimentar las esperanzas en ángeles voladores. Que pueden aparecer, pero también desaparecer tan rápido como un suspiro. Riquelme está ensayando su vuelta a las canchas. Es un genio pero Boca tendrá que frotar muchísimo su lamparita. Y Ortega está ensayando su retiro de las canchas. Es otro genio pero el ocaso es como que lo está llamando.

Por eso este será el superclásico de la pobreza. Porque, aunque se trate de ricos e históricos, hoy por hoy están más pobres que los pobres. El martes de la semana que viene alguno puede sacarse la lotería pero ni con eso podrá tapar sus penurias.