Los dos respetaron sus saberes y rindieron honores a los méritos que hicieron de los dos equipos los posibles dueños genuinos del torneo Clausura, que en definitiva fue para Vélez en una final maculada por errores puntuales del árbitro Gabriel Brazenas.

De ello no tuvo la culpa Vélez, que tuvo la gestión más dura de tener que ganar y que jugó con el empate como un péndulo filoso sobre su cabeza durante todo el partido. Jugó tal cual lo hizo en todo el campeonato, con un medio campo que sabe achicar y presionar, con soltura de sus laterales Papa y Fabián Cubero, y con arremetidas de sus delanteros, hoy no tan afinados.

En la ruleta de equivocaciones de Brazenas, el que sacó la mayor cantidad de némeros fue Huracán, porque el gol de Maximiliano Moralez fue tras una infracción de Larrivey a Monzón, porque Eduardo Domínguez hizo un gol lícito y solo le dio a su favor un penal no cobrado de Arano a Cubero.

Huracán, que meses atrás más allá de las fronteras sentimentales de sus hinchas solo reflejaba indiferencia, se fue convirtiendo en el equipo del pueblo, y cuya gente soñó con celebrar a lo grande, con el fútbol que siempre abrazó. Ese sello, Huracán lo mantuvo hasta el último minuto. Si cuando las esperanzas se escurrían por las grietas de un tiempo acotado buscó de manera prolija el arco contrario.

Así como Ricardo Gareca cumplió con su esquema, más táctico y en base a la solidez en la contención para luego atacar, que lo puso como el equipo menos perdedor en el torneo, cumplió Angel Cappa con su estrategia de jugar bien como sendero lógico a una celebración.

Vélez sumó así su séptimo título a nivel nacional y es un gran campenó.