La Vuelta a San Juan sigue su curso, golpeada por un clima que no da tregua, pero también empujada por una mística que se renueva kilómetro a kilómetro. En la continuidad de la competencia, la llegada del pelotón a la Difunta Correa volvió a ser ese punto de quiebre donde el deporte se cruza con la devoción y la ruta se transforma en santuario.
Bajo un sol implacable, con temperaturas que castigaron desde temprano, los ciclistas encararon el tramo final rumbo a Vallecito sabiendo que no era una llegada más. Muchos bajaron la cabeza al pasar, otros se persignaron casi sin soltar el manubrio. La fe, íntima y silenciosa, viajó junto al pelotón en una edición atravesada por el viento, el calor y jornadas condicionadas por el tiempo.