Teresa Ceballes tiene 71 años, una reposera liviana, una gorra para el sol y una convicción que no se negocia: cuando llega la Vuelta a San Juan, la prioridad es estar al costado del camino. Desde Villa Krause sale temprano y recorre la provincia para ver pasar al pelotón, como lo hizo también durante el último Giro del Sol. Para ella, el verano tiene un solo significado: ciclismo.
“Amo la Vuelta, la espero cada verano y vengo a alentar a los chicos Tivani”, cuenta con orgullo. En su voz se mezcla la emoción con la preocupación reciente. La dura caída que sufrió Nicolás Tivani en una etapa anterior la tuvo en vilo. “Le pedí mucho a Dios que no le pasara nada a Nico y, por suerte, fueron solo raspones”, dice, aliviada, mientras espera el paso de los corredores.
Teresa es parte del paisaje cotidiano de Rawson. Desde hace 32 años vende juguitos en la puerta del colegio Juan Pablo, un trabajo que conoce de memoria y que sostiene con esfuerzo diario. Pero en enero, la rutina cambia. Las clases paran, el puesto descansa y ella se regala lo que llama sus verdaderas vacaciones: seguir etapa por etapa la Vuelta a San Juan.
“Aprovecho las vacaciones para ver ciclismo y seguir cada una de las etapas. Estas son mis vacaciones, me las merezco”, afirma, con una sonrisa que explica todo. Teresa no corre, no compite ni sube al podio, pero su presencia constante, su aliento y su fidelidad hacen que la Vuelta también se corra por ella y por tantos fanáticos que, como ella, viven el ciclismo con el corazón.

