Martín Camargo encaró ayer la recta decisiva de su situación como principal sospechoso de haber mandado a dos “sicarios” a matar a su vecino, el exboxeador Guillermo Romero (36), quien fue herido de un balazo en la puerta de su casa del barrio Colón, en Santa Lucía, el 6 de febrero de 2011 y murió 14 días después por ese disparo. Aquel ataque fue una emboscada: un sujeto en moto lo llamó y cuando Romero salió, otro sujeto le dio un tiro que perforó el costado izquierdo del pecho y le salió por la cintura del lado opuesto.
¿Qué dijo Camargo? Según fuentes judiciales, declaró que no se entregó antes por miedo y porque otros abogados le aconsejaron tomar esa actitud. Que no tiene relación con el homicidio, que no tuvo problemas con la víctima. Que no lo golpeó ni lo atacó a tiros el 14 de noviembre de 2010. Ni tampoco quería tener como sea a la hija de Romero. Es más, hasta dijo que en realidad eran como amigos con su vecino, porque jugaban al fútbol.
Según fuentes judiciales, en su versión negó además haber amenazado a la víctima y aportó los nombres de las personas que confirmarán que aquel 6 de febrero, el día del ataque, estaba trabajando en Mendoza.
Camargo, como imputado, no está obligado a decir la verdad, esa que es totalmente distinta para la familia de Romero. Según los familiares del fallecido, Camargo está ligado al mundo de la droga y estaba empecinado en hacer suya a la hija de 15 años de Romero. También dijeron que por eso vinieron los primeros encontronazos que llevaron a Camargo a golpear a Romero y atacarlo a tiros, sin herirlo, aquel 14 de noviembre.
Ahora, el titular del Cuarto Juzgado de Instrucción, Maximiliano Blejman, deberá evaluar toda la prueba recabada en la investigación para determinar si Camargo debe o no ser procesado por mandar a matar a su vecino.

