" Si aparece un patrullero, fusílenlo sin piedad: les liberamos la zona por una hora”. Esas fueron las palabras con las que, según Martín Acosta, efectivos de la Policía de Córdoba le dieron el jueves de la semana pasada “vía libre” para dar el gran golpe: robar una de las sucursales del banco Santander de la Ciudad. La banda dirigida por Acosta, “los Dilinger” (en homenaje a John Dillinger, uno de los asaltantes de bancos más conocidos del hampa estadounidense), debía repartirse luego el botín con “la cana”. Pero el líder de 31 años se negó y hoy teme por su vida.

 

“Me la tienen jurada, me quieren liquidar”, repite una y otra vez. Se lo escucha agitado y preocupado. “Todos me dicen que estoy loco, pero tengo que hacer esto para cuidar a mi familia. Se la van a agarrar con mis pibes. Tengo que bancar la parada”, justifica de inmediato.

 

El fin del negocio llegó el jueves pasado, después de que un auto civil lo interceptara y lo llevara de prepo al tercer piso de la jefatura policial. “Nadie sube ahí, es en donde se juntan los capos”, destaca con cierto orgullo. De hecho, la naturalidad con la que se movía Martín dentro del destacamento era tal, que hasta logró sacarse una selfie con “la gorra de uno de los ratis”.

 

“¿Ves los puntos rojos?”, le preguntó uno de los efectivos y señaló un mapa de la ciudad colgado en la pared. “Son los puntos de la policía barrial. Te vamos a liberar la zona por una hora”, le indicaron. El objetivo: el banco Plaza España Santander, una de las ocho sucursales que la entidad española tiene en la ciudad. La misma que en 2006 sufrió el “robo del siglo” en su local de Acassuso, en manos de Luis Mario Vitette Sellanes, Alberto de la Torre, Sebastián García Bolster, Fernando Araujo y Julián Zalloechevarría.

 

Martín titubeó. Nunca había robado un banco. El plan era simple: "Teníamos que hacer un boquete y entrar por los techos". Y, aunque su banda contaba con tecnología que le permitía vulnerar la seguridad de un edificio entero, el golpe era demasiado grande. Hasta ahora, sus 21 causas penales abiertas fueron todas por robo a mano armada. “Eran cosas más chicas que organizábamos con la Policía. El de la Petrobrás fue el más grande”, recuerda en alusión al robo a la estación de servicio ubicada sobre la avenida Sabattini en agosto del año pasado. 

 

Por ese golpe, la banda desembolsó una cifra millonaria. “Nos robamos uno o dos millones de pesos (la recaudación semanal del local) y la Policía reportó sólo 200 mil. El resto nos lo dividíamos”, detalla. Además, reconoce que eran los policías quienes les garantizaban las armas.

 

El golpe al banco era otra cosa y Martín lo sabía. La Policía le ofrecía los puntos exactos de los controles barriales, la apertura de las frecuencias policiales y le daba rienda libre para, incluso, asesinar a algún uniformado. “Si aparece un patrullero, fusílenlo sin piedad”, le llegaron a decir desde la seccional.

EL COMIENZO DE LAS AMENAZAS: “TE VAMOS A METER ONCE BALAZOS”

Tenía todo servido en bandeja, pero el líder de los “Dilinger” se negó. “Veníamos teniendo problemas y habíamos decidido cortarlo”, se excusa. ¿Qué tipo de diferencias? “Y, prometían más plata de la que después nos daban. Nos terminaban cagando guita siempre”, reconoce.

 

Esa noche no hubo trato. Después de registrar todo con su teléfono celular, Martín regresó a su casa. Lo esperaban sus dos hijos (un varón de 13 y una nena de cuatro) y su mujer. “Es de la fuerza, mi pareja es cana”, se jacta por el irónico “conflicto de intereses conyugal”.

 

Tardarían pocas horas en llegar las primeras amenazas. “Me mandaron a decir que me iban a meter once balas. Sé que quisieron contratar a alguien para que me bajara. Me quieren limpiar, pero yo no me puedo ir porque tengo a mi familia acá”, denuncia.

 

El resto de la banda se dio a la fuga: todos partieron rumbo al Gran Buenos Aires. “Quedé solo. En realidad, uno ya se había ‘rescatado’ antes, pero por la novia. El resto se fue cuando empezaron a ponerse más pesadas las amenazas de la cana”.

Asesorado por su abogado, Martín tomó la decisión de hacerlo público y le dio una entrevista al periodista Waldo Cebrero. “No soy un caído del catre, tengo pruebas de todo lo que digo. Tengo 21 causas abiertas, doce por robo calificado; pero ninguna condena, por algo siempre salgo absuelto. De hecho, hice hasta segundo año de derecho en la Universidad Siglo XXI, pero tuve que dejar por miedo a que me identificaran”.

 

Las selfies y los planos se convirtieron ahora en su “carta de vida”. En su presentación judicial, realizada ante Gustavo Dalma, Fiscal de Instrucción del Distrito 1, Acosta apuntó de modo directo al Jefe de la División Robos y Hurtos, el comisario Miguel Capdevila. “Él fue uno de los que estaban presentes en la reunión”, precisa. También identificó a Luis Reyna, oficial subinspector de la Policía de Córdoba.