Tiene la mirada apagada, cierta curvatura en el cuerpo y se esfuerza por escuchar. Su defensor aclara luego que el problema se localiza en su oído izquierdo y lo causa la diabetes, esa enfermedad que avanza también sobre el ojo del mismo costado. El hombre que padece esos achaques tiene 62 años y ante el tribunal se muestra atento. Declara que en el penal no es tratado por sus problemas físicos, que es padre de familia, que cursó hasta tercer grado y es comerciante en el rubro de la verdulería, aunque esa seguidilla de datos son un formalismo de rigor previo a tocar el meollo del asunto: en realidad Felipe Santiago Murúa llegó ante los jueces para empezar a saldar deudas con la justicia, esa que siempre fue necesario aplicar en su vida porque parece un aliado de la muerte: A fines de los 70 mató a tiros a su suegro, en 2008 se vio implicado en el trágico fin de un motociclista que chocó contra su vehículo y en 2010 asesinó a puñaladas a su cuñado. Es por este último crimen que Murúa arribó a Tribunales el último viernes y se mostró dispuesto a cumplir 13 años de condena (Ver aparte).

Los problemas que marcaron a Murúa como un sujeto peligroso y violento comenzaron a fines de los 80: “Creo que en el 78, no recuerdo bien… salí de la cárcel en 1984”, reveló, cuando uno de los miembros del tribunal se interesó por saber un poco más a cerca de ese antecedente por homicidio que figura en su historial delictivo.

Sus familiares aseguraron que la primera víctima mortal de Murúa fue Alberto Alaniz, su propio suegro. “Estaba parado al lado de su bicicleta en Mendoza y Benávidez, cuando lo agarró a tiros”, dijeron ayer allegados al homicida.

Para entonces había marcados conflictos entre ambos hombres porque Alaniz -dijeron- se oponía a la relación sentimental del homicida con su hija. De aquella unión hubo dos niños, pero el crimen marcó la ruptura y Murúa volvió a hacer pareja con otra mujer con la cual tuvo otros siete hijos, precisó ayer su hermana Antonia.

La muerte volvería a tener Felipe Murúa como protagonista en 2008. Fue en la noche del 23 de abril de ese año, cuando Guillermo Fabio Aldeco (23) conducía una moto por avenida Benávidez y se estrelló contra la parte trasera del viejo camión Frontalito que Murúa había estacionado con intenciones de doblar para dejarlo frente a su casa en la Villa Almirante Brown, Rivadavia. Aldeco no llevaba el casco puesto y no sobrevivió.

Para entonces los Murúa ya tenían problemas con más de uno en su vecindario, incluidos sus propios parientes: la familia de Antonia con su esposo Daniel Varela, padres de 7 hijos.

Fue justamente con sus familiares que se darían los cruces más violentos y dramáticos. Tanto, que el 14 de marzo de 2010 Felipe Murúa estuvo preso en la Seccional 23ra por amenazar con un arma de fuego a la familia de su hermana.

Y siete meses después, en los primeros minutos del 4 octubre de 2010, el enésimo cruce entre los parientes terminaría en tragedia. Aquella vez tres hijos de Murúa se provocaron y pelearon con sus primos, tres hijos de Varela. Fue una batalla campal con lanzamiento de piedras y objetos de todo tipo, hasta que en medio del conflicto Varela salió de su casa con intenciones de parar el conflicto. Esa noche Murúa también saldría de su casa, pero dispuesto a lo peor: armado con un cuchillo se acercó a su cuñado y le asestó cuatro puñaladas. Una dio en el pulmón derecho de Varela y fue letal.