No por repetida, la expresión del tango "Uno" deja de ser relato perfecto de la trama compleja que se terminó de bordar el sábado pasado con el llenado del dique Punta Negra. Usando otro chiche literario, mucha agua pasó por el descargador de fondo antes de que los aplausos coronaran los discursos que describieron con énfasis las bondades de la penúltima reserva de agua en el cauce del Río San Juan. "Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias, sabe que la lucha es cruel y es mucha pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina"… Nada más parecido a un relato breve y completo de lo que costó. Nada más parecido con los versos siguientes de Enrique Santos Discépolo: "uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor, uno se destroza hasta entender que uno se ha quedado sin corazón"… Dificultades propias de lo grande, problemas de financiamiento, incomprensiones y frecuentes cambios de condiciones en la economía son obstáculos que, bien lo supo Sarmiento, debe enfrentar y resolver quien quiere transformar las ideas en realizaciones y los proyectos en obras. Lo triste suele ser que, a veces, se combate contra los incrédulos beneficiarios que resisten la molestia de los cambios. Pero ya está el paredón, ahora viene el después, si seguimos a Homero Manzi. El después es nada menos que el ensanchamiento de la frontera agrícola, la optimización de los sistemas de riego y producción en una etapa en que el campo está castigado por el tapón que cierra las exportaciones y por los excedentes del mercado interno.

Pero no perdamos de vista el panorama general. La ecuación económica que cierra la construcción millonaria de una presa tiene tres componentes: la acumulación de agua, que es la principal, la generación de energía, que es la secundaria, y la explotación turística en tercer lugar. Lo último es lo más vistoso pero, al menos en una primera etapa, lo menos rentable. El proyecto original preveía la suma de estos tres componentes para un período de 30 años y aún así faltaban los 145 millones de dólares que se salieron a buscar en el mercado externo para ofrecer un subsidio que compensara el costo total a asumir por los consorcios constructores.

El primer contrato firmado para las obras durante el gobierno de Jorge Escobar tomó una de las formas previstas en la Ley de Obras Públicas, la concesión con subsidio. Es decir, una vez que se adjudicara la obra a una determinada empresa o grupo de ellas, los costos de construcción correrían por su cuenta. La retribución y la ganancia esperada se formaban por la extensión de una concesión para vender la energía a generar durante 25 años calculando el precio promedio para todo el lapso y la explotación inmediata de las usinas de Ullum y La Olla. El plazo de construcción era de 5 años por lo que el círculo se cerraba en 30, 25 de venta de la energía nueva más los 5 de venta de energía y potencia de las usinas existentes. El faltante, que fue calculado en los mencionados 145 millones de dólares, la provincia lo ponía en efectivo al comienzo.

La licitación se llamó con esas condiciones y el concurso fue ganado por la UTE CPC, de México, AES Energy de USA y Panedile de Argentina. Ellas deberían proveer también la fuente de financiamiento la cual se negoció con dos bancos, CreditSuisse y JP Morgan con garantía de la Nación. Por si faltaba alguien en esta multinacional, las turbinas serían provistas por Power Machines de Rusia.

El 7 de diciembre de 1999, tres días antes de que asumiera el gobierno de Alfredo Avelín, el dinero quedó depositado a la vista en el Banco San Juan, ya por entonces con los propietarios actuales, a la espera de su desembolso a las empresas que debían entregar los dos diques en 5 años. El nuevo gobierno se negó a cumplir con la operación pactada argumentando falta de garantías. Dicho de otra manera, el designado ministro de Economía Enrique Conti temió entregar el dinero y que la obra no se hiciera. El dinero quedó inmóvil en efectivo y sin devengar intereses, lo que significó sin haberlo pedido, un gran beneficio para el Banco. Luego de largas discusiones que fueron característica del gobierno de la Alianza, se terminó constituyendo un fideicomiso que, como mínimo, garantizaba que la plata no se usaría con otro fin que el de la construcción, aunque en el trayecto no faltó quien sugiriera destinarlo al pago de sueldos, carente como estuvo aquella tesorería de fondos suficientes para cumplir sus compromisos. Se denunció el contrato por parte del Estado y se dispuso un método sui géneris de pago por "hitos" en lugar de la clásica certificación de obra, a esta altura ya caído el régimen original de concesión con subsidio. No obstante, se fueron practicando liquidaciones desde el fideicomiso y al asumir la gobernación de Gioja quedaban sólo 42 millones de dólares.

Es posible que la nueva negociación haya sido la tarea más compleja que pueda atribuirse al gobierno que se va. Las empresas del consorcio original habían comenzado demandas entre sí, contra la provincia y contra la nación en el CIADI, especie de tribunal internacional para disputas financieras. El por entonces ministro de Economía de la Nación, Roberto Lavagna, de gran autonomía durante la primera parte de la gestión de Néstor Kirchner, fue claro: se ponen de acuerdo entre todos como condición para que la Nación acompañe financieramente el proceso. Se arregló dejar todo el sistema bajo una suerte de paraguas y que el Tribunal de Cuentas estableciera mediante el estudio de la documentación de respaldo, qué le correspondía a cada parte. Firmaron todos en un mismo acto. La última, CPC de México, que lo hizo en la Casa de San Juan en Buenos Aires (la humilde casa en la que vivió el presidente Sarmiento) teléfono en mano cuando los demás ya habían firmado. La sociedad constructora se reformó y desde entonces quedaron dos partes, Techint-Panedile por un lado y, como comitente, no la provincia sino un ente que se creó al solo efecto, la novel EPSE, Energía Provincial Sociedad del Estado. José Strada, Alejandro Hoessé, Francisco Alcoba y Víctor Doña fueron, a partir de entonces, ejecutores y controladores de cada metro cúbico de tierra y hormigón que se fue cargando en los inmensos paredones que taponan en dos tramos la arisca caída del agua en la parte más bella de la quebrada. Como se ve, la lucha fue mucha y algunas veces cruel. Ya están los paredones, ahora viene el después.