Las abuelas de antaño supieron curtir sus manos en el trajín diario de la cocina. Un trasto debía estar realmente caliente para intimidarlas y forzarlas a usar alguna protección -un repasador gastado- antes de asir la olla en cuestión. Desarrollaron una suerte de callosidad en los dedos, de tanto exponerse a la agresión térmica. Aprendieron a no quemarse. Se proveyeron a sí mismas de un blindaje natural. Tal vez muchas de ellas terminaron añorando aquellos días en que la pava tibia les provocaba detenerse y pensar, antes de avanzar.

Algo semejante le habría ocurrido a él. Había caminado tantas veces por los senderos hormigonados del Parque de Mayo, se había topado tantas veces con aquellas personas, que había generado una verdadera armadura. Olvidó aquel primer contacto, la crudeza de aquella vez en que descubrió la dolorosa imagen: seres humanos que dormían sobre los gélidos bancos de madera, a la intemperie, bajo el único abrigo de alguna cobija devenida en harapo.

Una noche, dos, tres. Había perdido la cuenta. La postal amarga se había convertido en habitual. Tanto, que llegó a confundirla con un cuadro "normal".

De visita en San Juan, contó días atrás el periodista de Radio Nederland José "Pepe" Zepeda un pasaje de una novela referida a la Segunda Guerra Mundial. Un general ruso, consumada la derrota del nazismo, comenzó a caminar por las devastadas calles de Alemania. El bombardeo había dejado escombros y sollozos. Niños perdidos y aturdidos. Entonces, el militar le dijo a un subalterno, asombrado: "es sorprendente, estos niños lloran igual que los nuestros".

La moraleja de Zepeda fue: "esto es el extremo de la deshumanización". Y apeló al auditorio, integrado mayoritariamente por comunicadores sociales, para desandar ese camino. Quitarse la armadura. Animarse a perder los callos de los dedos. Y volver a conmoverse cada vez que una persona se cubre con un harapo sobre un banco del parque.