Algo cansado, algo nervioso, José Luis Gioja deja caer de a poco su largo cuerpo en el sillón de su despacho privado en Casa de Gobierno. “Uuuuh… por fin un cafecito después de tanto tiempo”, le dice al mozo que no le despega los ojos de encima. Y se lo toma a sorbos cortos, sosteniéndolo con la mano derecha, apretando en la izquierda el rollo de papel donde por la mañana dejó escrito el discurso. Esa pausa de apenas tres, cuatro minutos, es una bisagra. Atrás queda una etapa en la que Gioja ya lloró demasiado: cuando creyó que se moría, cuando abrió los ojos y recibió el beso de su esposa, cuando se exigió al máximo para recuperarse de la caída del helicóptero, cuando por fin aspiró la primera bocanada del cálido aire sanjuanino. Adelante, el discurso que tiene en el papel arrugado. La promesa de seguir luchando. El agradecimiento a la gente. Y los pocos metros que lo separan del salón Rogelio Cerdera, donde lo aguarda más llanto feliz y el reencuentro cara a cara con la gente. En ese momento crucial está el recién llegado en su despacho, acompañado de menos de veinte personas entre familiares, funcionarios y la presencia exclusiva de DIARIO DE CUYO, y cuando se le acerca Héctor Pérez, otro sobreviviente del helicóptero, el Gobernador no puede con su genio: “Ojo que te está creciendo el pelo de nuevo, huevón -le dice-. Espero que no te sigan creciendo también las mañas”.
Señoras y señores, no cabe ninguna duda: Gioja está de vuelta.
Esta oficina sobria que el Gobernador caminó durante una década ahora es un reducto de confianza y ánimo. Lo primero que hizo Gioja al ingresar y reencontrarse con su sillón, después de haber avanzado entre un pasillo de mozos y empleados que lo aplaudían y vitoreaban, fue descubrir un portarretratos nuevo. Allí está la foto del plantel de Primera de Racing, de aquella vez que entró a la cancha con el cartel gigante de “Fuerza Gobernador José Luis Gioja”.
De inmediato, el homenajeado lo sostuvo y les pidió a los más cercanos que se lo guardaran.
Ahora, reponiéndose de la caravana de 10 kilómetros que lo llevó de Pocito hasta Casa de Gobierno, se relaja apenas. “No sabés todos los ejercicios que me hicieron hacer con este brazo -levanta el derecho-, sabiendo que iba a estar saludando un montón”, confiesa Gioja. Se refiere a ese baño de cariño que recibió desde que asomó la cabeza del avión sanitario hasta que traspuso el portón de la residencia gubernamental.
Precisamente en esa marcha también había estado DIARIO DE CUYO, de forma exclusiva, adentro de la combi que trasladaba a la familia Gioja, el vice Sergio Uñac y los intendentes Juan Carlos Gioja, Marcelo Lima y Fabio Aballay. Durante el trayecto, por momentos los brazos se le cansaban al protagonista de la tarde. Su hijo Camilo y su esposa Rosa Palacio se turnaban a veces para ayudarlo con el brazo izquierdo. Camilo también era el aguatero oficial: a cada rato le acercaba a su padre una botella de Gatorade. Y entre el muchacho, su hermano Gastón, su hermana Flavia y su madre cruzaban miradas y cuchicheos para asegurarse de que José Luis estuviera bien, que no le faltara nada. Temían que el hombre se descompensara después de tantos apretujones cariñosos y tanto golpe emotivo. Por eso Gastón había hecho de guardaespaldas improvisado en el hangar oficial, pidiéndoles a los ministros e intendentes que le dieran un poco de oxígeno a su padre.
Este Gioja apenas descansado deja entonces el pocillo sobe la mesa y se prepara. Va al baño, se peina, se pone el saco. Repasa el discurso. Rosa le dice que no se preocupe, que lo va a leer bien. “Sí, lo voy a leer, pero después va a salir lo que salga”, le anticipa su marido. La mira, le toma la mano y avanza. Lo están esperando de pie adentro del salón. Lo están esperando en cada hogar sanjuanino. Llevará un poco de tiempo adaptar el cuerpo. Pero ya lo saben todos: Gioja está de vuelta.

