Las voces se entrelazaron sin rostros, como ocurre con toda conversación que se escucha subrepticiamente, de espaldas a los interlocutores. El diálogo, pese a ser de carácter privado, no fue susurrado ni mucho menos reservado a la intimidad de un cuarto cerrado. Cualquiera, más allá del testigo no autorizado de esta charla, podría haber ocupado su lugar de oyente clandestino. Por eso, podría pensarse que la charla se sabía impune de antemano.

El tema tenía algo que ver con las motos. Una de las personas en cuestión acotaba que había perdido la oportunidad de "comprar los papeles" de su vehículo. Y citaba el ejemplo de un conocido suyo, que había ido a un taller donde el asunto de la falta de documentación del rodado era una situación nada difícil de revertir.

Explicó, para quien quisiera escucharlo, cuál era la modalidad. En el taller le "raspan" el numerito al chasis de la moto, luego le sueldan aluminio arriba, lo dejan bien prolijo, y entonces sobre esa superficie lisa le imprimen la nueva serie de dígitos que coinciden con los papeles de dudosa procedencia -pero que coinciden con los del Registro Automotor-, y asunto terminado. Ante el eventual encuentro con el control policial, no habrá más que pasarle la flamante tarjeta verde y la licencia de conducir al uniformado. Y que pase el que sigue.

El hombre de la conversación espiada no advirtió que había otras personas prestándole atención además del sujeto destinatario de sus instrucciones. No se inmutó al pronunciar semejante decálogo del fraude y la falsificación de documento público. Se desenvolvió con total impunidad, sabiéndose lejos de cualquier castigo.

Curiosamente, nadie en ese ambiente se atrevió a llamarle la atención al hombre. Y si alguien lo hubiese hecho, ¿con qué argumento habría actuado? ¿Quién puede arrogarse la voz de la autoridad pública? Aún así, el asunto fue de una deshonestidad indisimulable.

Sin embargo, funcionó una vez más esa especie de autismo social. El hombre siguió su curso luego de haberse embanderado en la falsa convicción de que había dejado pasar la oportunidad de "regularizar" la situación de su moto.

No sólo eso. Al haber lanzado alegremente la anécdota en un ámbito donde muchas otras personas pudieron escucharlo, de alguna forma impartió una enseñanza. Y quien se encuentre en situación similar, posiblemente se verá tentado de buscar una salida como la que explicó el sujeto. Entonces el saldo negativo de esta experiencia se multiplica sin techo.

Muchas veces vale caer en la obviedad de señalar lo que está mal. Aún cuando haya maneras de disimular un delito y salirse con la suya, con la convicción de que jamás llegará el castigo. A veces, vale la pena repetir esa penosa experiencia de papeles truchos. No por reproducir la técnica de la falsificación que -aparentemente- las autoridades desconocen. Sino por señalar, como cuando se le enseña a un chico, lo que es indebido. El resto, si hay o no castigo desde el Estado, lamentablemente escapa a cualquier buena voluntad civil.