Hoy se hacen vinos buenos en cualquier lugar del mundo pero son muy iguales porque se elaboran con las mismas variedades. Es la globalización del mercado, algo parecido a la bebida cola. Dentro de esta uniformidad, las variedades minoritarias sirven para distinguirse, para dar al vino ese ‘no sé qué’ que lo haga especial y lo deje grabado en el paladar del consumidor. El 14 de marzo de este año en esta columna comenté que investigadores de la Universidad Arturo Prat producirán este año el primer vino chileno con una variedad autóctona.
El estudio partió en 2003 y este año en abril terminarán con los trámites para inscribir en el Servicio Agrícola Ganadero la cepa Tamarugal, una variedad única a nivel mundial que estuvo más de 100 años oculta en la pampa. Las muestras rescatadas fueron contrastadas con más de 7 mil variedades en todo el mundo por el Instituto INRA de Montpellier, Francia, lo que da cuenta del carácter único de este hallazgo, que la convierte en la primera cepa auténticamente chilena y que este año se comenzará a producir en forma industrial. Explican que lo más probable es que una planta debido al tiempo de permanencia en la región, sometida a condiciones tan estresantes, haya mutado, lo que significó que cambiara su patrón dando origen a esta cepa.
Este descubrimiento de nuevas variedades de uvas Vitis viníferas, aptas para producir vino, surgió del Banco de Germoplasma de Vid de Castilla-La Mancha con la idea de tener un catálogo de variedades de uvas no solamente de distribución en España o en todo el mundo, sino también las de producción local, muy minoritarias e incluso llamadas a desaparecer. Se propusieron no solamente buscar esas nuevas variedades de uvas, sino también hacer todo lo posible por conservarlas. Lo más probable es que estas nuevas variedades descubiertas se dejaron de explotar por su bajo rendimiento o por su escasa resistencia a los virus. Pero de lo que no cabe ninguna duda es que a partir de ahora se abren atractivas posibilidades para elaborar vinos inéditos, aromas diferentes que enriquezcan aún más la gran variedad existente en España.
En ese sentido en la Argentina se ha dado fama con éxito al Torrontés y que es de origen colonial y con las investigaciones confirmadas no tiene nada que ver con el de España. Si bien el Malbec es una variedad que distingue al país en el mundo, esta uva es de origen francés, aunque allí sus vinos no rindieron como lo hacen en nuestro suelo y clima. Y esto se explotó muy bien. Entonces tenemos dos íconos interesantes en la Argentina, pero debemos aprovechar todo lo autóctono.
Digo esto porque he podido observar por años una uva rosada muy exquisita por los vinos que entrega y que llamamos mal a mi entender ‘Pinot Gris’. Recorriendo fincas la he visto en varios cuarteles y hasta incluso mezcladas con otras uvas. No es tampoco la llamada Canarí, también denominada como Pinot Gris y que tampoco explotamos su nombre por el simple capricho marketinero de algunas bodegas que lo único que buscan es hacer número con el Pinot Gris que es lo que para ellos el mundo pide.
Los estudios de ADN en estas tres cepas, por iniciativa del Instituto Nacional de Vitivinicultura en el 2012, dan la razón que se tratan de variedades distintas. Buscar el nombre verdadero de esta uva rosada es un desafío que tengo como técnico y periodista desde hace un tiempo. Por estar plantada en una finca de una descendiente y por los antecedentes históricos existentes en el museo de la bodega, supongo que fue introducida por Santiago Graffigna, quien tuvo su gran colección ampelográfica donde reunió a centenares de vides en una de sus grandes fincas de Ullum. Lamentablemente ya no hay rastros de ello. Pero nuevas investigaciones llegarán a la verdad. Descubrir su nombre es la forma de aportar personalidad, de tener algo propio, una idea que se va volviendo más y más importante a medida que aumenta la cultura vitivinícola. Como dicen los expertos españoles, la tipicidad de los vinos cuenta para el aficionado. No se trata de que una variedad sea mucho mejor, sino de que sea distinta y dé originalidad a quien la quiera. Debemos hacer como Chile o España, por ejemplo, para preservar variedades de uvas amenazadas de extinción por haber quedado al margen de la norma máxima del mercado: la dictadura de la productividad y el gusto global.
