Con el permiso de Enrique Santos Discépolo, al repasar su oda al "Cafetín de Buenos Aires" saltan los aprendizajes que, de muchacho, aquella "escuela de todas las cosas" le dio entre asombros: "el cigarrillo, la fe en mis sueños, y una esperanza de amor".

La pluma privilegiada del tanguero en 1948 selló el romance del cigarrillo con las cosas más elevadas y preciosas que podría tener la vida de cualquier mortal. Un pecado grave a esta altura de la historia. Pero merecedor de indulgencia si se tiene en cuenta el contexto en que aquella letra se plasmó en papel y se convirtió en patrimonio de la cultura popular.

El cigarrillo permanece como uno de los hábitos que practicó alguna vez más de la mitad de la población.

El último estudio oficial al respecto, a cargo del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), se remonta al 2005. Según esa información, el 53 por ciento de los sanjuaninos mayores de 18 años fumó alguna vez de manera consuetudinaria.

El 32 por ciento de los mayores de 18 años consumía al momento de la medición y el 33,8 por ciento dejó luego de haber encendido al menos 100 cigarrillos a lo largo de su vida. El 49,6 por ciento de la población adulta padecía el consumo pasivo por respirar el humo de fumadores en ambientes cerrados.

No es delito, tan sólo una contravención el encender el tabaco en un lugar prohibido. La marihuana también se enciende, pero en la clandestinidad. También tiene trovadores. Y ahora, el fallo de la Corte Suprema en contra de la penalización de la tenencia para consumo personal.