Equilibrio es un concepto que viene de la física y que tiene su mejor imagen en el fiel de las viejas balanzas. Es una lástima que el tiempo y la modernidad alejaran de nuestra vista esa suerte de metáfora de lo justo y lo difícil: poner los dos platillos al mismo nivel.

Tanto en la vida como en la medicina o la psicología caminamos por una especie de filo de navaja siempre tratando de no perder o de recuperar y mantener el tan ansiado equilibrio que nos saque de la depresión o euforia, de la descompensación o de las fuertes fluctuaciones del ánimo. Lo mismo ocurre en la economía.

Ya decíamos hace varios años cuando se atribuía a nuestro país la supuesta virtud de tener un crecimiento ‘a tasas chinas‘ con promedios anuales arriba del 7 u 8% que era preciso saber en qué se basaban esas alentadoras cifras. Vista la composición múltiple del PBI, al igual que la química de nuestro cuerpo, es bueno tener certeza de que cada indicador se mueva positivamente pero sin alterar a los otros, que necesitan también dar niveles adecuados. Podemos disfrutar de un buen jamón pero no tanto como para que nos suba la presión. Aquél crecimiento estuvo basado en dos factores que deben estar activos pero que es malo cuando son únicos: el gasto público financiado con emisión de moneda y el consumo de bienes superfluos. Nada más evidente que la proliferación de servicios como la telefonía celular para el envío de mensajes de texto tipo ‘tkm‘. Eso a costa de reprimir el comercio exterior en general, desalentar gravemente la inversión y destruir el ahorro por el incremento de la inflación. Curiosamente en ese tiempo la provincia de San Juan fue una excepción logrando un crecimiento tope de 11,4% pero de manera armónica, porque la minería de metales potenció simétricamente todas las demás actividades. Inversión directa, empleo bien pago, incremento del comercio, creación de nuevos servicios locales, explosión de la construcción privada, mayor actividad bancaria, radicación de industrias, etc., fueron la representación de un San Juan con desarrollo genuino, no inducido artificialmente con incentivos abusivos a un único factor, el consumo. Mientras, en la Nación, uno de los platillos se estabilizó arriba mirando burlón al otro caído tan abajo. Ahora vemos que no es fácil ni inmediato que las cosas vuelvan a la normalidad y es hora de hacerlo porque el cuerpo social ha comenzado a sufrir las consecuencias de esa prolongada falta de armonía, de ese concierto intenso pero desafinado. El problema que está entre manos es el mismo que tiene un conductor de autos de carrera, buscar el mejor rendimiento en el tiempo preciso sin fundir el motor, o perder las cubiertas y romper todo en una curva. Para bajar la inflación hay que reducir el consumo o, como se dice, ‘enfriar la economía‘. Si la expectativa de consumo se mantiene alta los precios seguirán subiendo. Esa expectativa se cambia quitando efectivo de la calle tentando a los individuos con una tasa de interés alta como es la que el gobierno está ofreciendo, nada menos que el 38% en las populares LEBAC. Pero a su vez, esa tasa alta, de mantenerse mucho tiempo ciertamente logrará su propósito de reducir la inflación pero puede causar el efecto indeseado de enfriar tanto que se congelen los negocios y se afecte el empleo. Es el fondo de la discusión que están manteniendo en esta misma semana el ministerio de Hacienda y el Banco Central.

Uno, concentrado en que no se le caiga la actividad al punto de generar cierres y despidos y el otro tratando de contener la inflación manteniendo altísima la tasa de interés. Al primero le interesa poner dinero en la calle cuanto antes pero el segundo no puede hacerlo hasta que vea signos claros de desaceleración de precios ¿Cómo se consigue el doble resultado de derrotar la inflación sin enfriar la economía? El proceso requiere de una artesanía fina con la precisión de un orfebre tallando un diamante y sobre todo de un timing perfecto para ir corrigiendo variables teniendo en vista un contexto en que los gremios organizados han empezado a moverse tomando distancia para no pagar costos si algo falla.

Detrás de ellos, un presidente que goza todavía de un respaldo suficiente en las encuestas que le dan aire pero que, no obstante mantener cifras cómodas, ha caído 8 puntos sólo por la suba de tarifas que afectó principalmente a la zona más poblada del país. Todo tiene que ver con todo. Si las tasas se mantienen altas hay varios efectos secundarios tanto positivos como negativos. Uno positivo es que las empresas con centrales en el exterior ya no pelean como antes por girar dividendos.

Con un dólar quieto prefieren comprar títulos que rinden 7 u 8% en verdes descontando la inflación. El negativo es que un atractivo tan grande puede retraer las inversiones que Macri les estuvo reclamando. ¿Para qué arriesgar en un negocio si se puede hacer dinero rápido y fácil prestando al gobierno? Por ahora seguirá vigente la táctica de Sturzenegger.

El Banco Central, que ahora se supone independiente, mantendrá cerrados los oídos a la demanda política y seguirá focalizado en la inflación. Por ahora, Prat Gay, fortalecido por el éxito de la salida del default, deberá continuar poniendo el pecho a pedidos que no puede satisfacer.

Como se ve, cuando la descompensación es grande no sólo se requieren técnica y liderazgo político para encontrar los remedios sino que también hacen falta un poco de suerte y hasta que el clima general ayude. El problema es conseguir que los dos platillos se pongan a la par en el tiempo correcto.