Se da por sentado que todo país que pretenda desarrollarse debe tener una industria propia. Sin embargo algunos casos ponen este aserto en discusión como es el de nuestros vecinos chilenos que prácticamente importan todo comprando lo que necesitan allí donde los precios son mejores. Uruguay es otro ejemplo, la falta de industria no parece influir en la marcha de su economía, por lo menos de modo decisivo. Los argentinos damos por supuesto el valor de la sustitución de importaciones sin tener en cuenta a qué costo se hace el reemplazo. Tenemos a la vista la actual situación de YPF, con un petróleo que se extrae localmente a un costo que duplica el precio internacional cuando la lógica indicaría lo contrario, que debería ser más barato por ser nuestro. Es un tipo de discusión que se ha dado también entre los países que, como Argentina, poseen abundante riqueza natural y grandes extensiones no obstante lo cual son superados con amplitud por países que parecen carecer de todo y son pequeños, como Japón o Suiza.
El problema parece estar en cómo se hacen las cosas en cada lugar. Japón es grande siendo pequeño y sin recursos y Argentina es chica siendo grande y con muchos recursos. Recientemente la consultora ABECEB, que viene investigando en profundidad las condiciones en que se da el proceso económico de nuestro país, ha extraído una conclusión lapidaria: Argentina figura anteúltima en la tabla de costos laborales por unidad manufacturada sólo superada por Brasil. Se han tenido en cuenta 25 casos de distintos continentes, desde Asia hasta Oceanía y desde Europa hasta América.
Dicho sea de paso, es posible que de ese factor deriven también los serios inconvenientes que acusa Brasil en este momento. Para no tomar este dato aislado, recordemos que también nuestro país figura en los últimos puestos en el ranking de competitividad global, es decir, el cálculo que incluye la suma de variables que se aplican antes de obtener un producto terminado y no solamente la parte laboral. Alguien desprevenido podría pensar que el problema está en los altos salarios del sector industrial pero de hacerlo cometería un error. Si bien es verdad que en ciertos lugares como China existe lo que se llama ‘dumping laboral‘ que significa sacar al mundo manufacturas que son resultado de un trabajo casi esclavo comparado con los estándares de occidente, en términos promedio la diferencia salarial o de condiciones de trabajo está lejos de ser la causa de los altos costos de las exportaciones de nuestra industria.
Es claro que nuestros trabajadores no están ni cerca del poder de compra que exhiben sus colegas franceses, italianos o alemanes pero, sin embargo, a la hora de verificar la incidencia de su mano de obra en cada unidad terminada, resultan más caros. El problema está en la falta de productividad, es decir, en el escaso valor que cada trabajador agrega a cada unidad fabricada por hora de labor. Tal como lo expone acertadamente el estudio, sería inviable por cuestiones culturales, políticas y conceptuales pretender bajar el costo laboral por vía, por ejemplo, de reducciones de sueldos o de cantidad de empleados, pero también es cierto que a estos costos no será posible exportar por más que hayan mejorado otras condiciones como la tasa de cambio y la eliminación de otras restricciones. El desafío consiste entonces en incrementar significativamente la productividad laboral, una tarea que deben darse en conjunto tanto los individuos como los gremios y los empleadores.
