“¿Quién cebó el mate? Es casi igual que el de Entre Ríos”, le dijo monseñor Jorge Lozano a una de las chicas de remera roja que formaba el cordón humano para rodearlo mientras caminaba. Unos segundos después, el hombre abrazó a una abuela que había llegado desde Los Berros para conocerlo. A paso firme monseñor Jorge (así lo llamaron durante toda la ceremonia los jóvenes), avanzó por avenida Ignacio de la Roza en la peregrinación que organizaron para recibirlo. En el trayecto, descontracturado, se sacó fotos con la gente y hasta dio bendiciones a quienes se lo pidieron.
Desde que el flamante Arzobispo Coadjutor salió desde el templo de La Merced y escuchó la ovación de la multitud, como si se tratase de una estrella de rock, todo fue un torbellino de emociones. De la sonrisa tímida del inicio, a las palabras seguras que les dirigió a los más jóvenes. Desde las lágrimas que en un primer momento se negaron a salir de sus ojos enrojecidos, a la alegría cuando tarareaba una canción. Todo fue intenso.
En el atrio de La Merced dijo sus primeras palabras. Y también dio el primer abrazo a los sanjuaninos. Gesto que se repitió durante toda la tarde. Porque monseñor Jorge no escatimó en demostrar su calidez.
La peregrinación duró 30 minutos. Las siete cuadras que tuvo que caminar fueron eternas por la cantidad de gente. Una multitud lo rodeó constantemente y le faltaban ojos para observarlo todo. Los pájaros, que volaban a sus nidos al atardecer, los carteles colgantes del microcentro, los empleados municipales que estaban recogiendo residuos. No se perdió un detalle. Incluso, ni bien comenzó a caminar, levantó la vista y observó a un grupo de personas, entre pacientes y médicos, que estaban en el primer piso de un sanatorio privado. Ralentizó su paso y los saludó.
Lozano no tardó en contagiarse de la alegría que los chicos le transmitieron con sus cánticos y con sus bailes. Al compás de los bombos y de la guitarra, recorrió por primera vez las calles sanjuaninas, rodeado de lo que de ahora en más será su comunidad. Al principio, la gente le pidió tímidamente una bendición, pero con el buen trato y la dedicación a cada una de las personas que se le acercaron, el hombre dio pie a que hasta le pidieran una foto en el camino. Algo que aceptó gustoso.
Por momentos, Lozano parecía un niño que empezaba a descubrir el mundo. En otros, se sumía en el silencio o seguía la letra de alguna canción.
Cercano. Así se sintió el hombre de la gente. Tanto así que ni siquiera encabezó la peregrinación. El, junto a monseñor Alfonso Delgado y otros sacerdotes, caminaron en medio de la multitud. Y por la alegría que irradiaba su rostro, estaba muy cómodo en ese lugar. Por cuestión de protocolo, cuando se encontró con el intendente de la Capital, Franco Aranda, se colocó adelante de la columna, junto a otras autoridades. Sin embargo, hasta en ese momento volvió a demostrar que llegó a San Juan para mezclarse entre el pueblo. Entonces, levantó el decreto de ciudadano ilustre que le entregaron desde la comuna, para mostrarselo a los fieles que lo rodeaban.
Jorge Lozano – Arzobispo Coadjutor
”Voy a hablarle a ustedes. Ustedes que son jóvenes. Les digo que se animen a soñar. Les pido que no se achiquen. Que no se conformen con poco. Que busquen más. Siempre en el camino de lo recto. Porque están el la edad de movilizar, de ir para adelante y de transformar. Eso es lo que se necesita en estos momentos. Por eso les hablo a ustedes y les pido que no dejen de caminar, que no se cansen. Les estoy hablando de sueños. Les estoy hablando de fe”.
“Jóvenes, les hablé de sueños, pero también les voy a hablar de fe. Vivimos tiempos de aridez espiritual. Son épocas difíciles de enfrentar. Por eso me dirijo a ustedes. Hay que empezar a ver a la Iglesia convertirse en el oasis en pleno desierto. Este desierto que aqueja las almas. Ustedes pueden tener las herramientas para el cambio. Deben convertirse en el camino. Cuidado con la aridez del espíritu que nos aqueja en estos tiempos”.
“El desierto también puede confundir. Cuidado con los espejismos. Pero les digo que tengan también cuidado con otras cosas. Cuídense, protéjanse de las espinas. Ojo con las espinas. Pero no es de lo único que tienen que cuidarse. Ojo con el agua podrida. Con el agua que está contaminada. Aprendan a mirar, aprendan a distinguir para que sus almas conserven la pureza. Sobre todo en estos tiempos de tanta aridez espiritual”.
